jueves, 7 de abril de 2016

EL MULTIVERSO

Dicho así, esto del multiverso parece un poema, es decir, un conjunto de muchos versos. Pero no, no es un poema, o sí es un poema pero no literario sino científico. Es un poema porque hace uso de las metáforas, porque sorprende y maravilla, porque ilumina una nueva realidad. Aunque también podría calificarse de poema en sentido irónico, como algo enrevesado y que no se entiende, como un audaz despropósito o un planteamiento extravagante. Porque el Multiverso es un concepto cosmológico que trasciende la noción de este Universo inmenso que apenas intuimos en las noches de verano cuando contemplamos las miríadas de estrellas sobre nuestras cabezas. Ese Universo que mirado con el más potente de los telescopios sólo conseguimos ver en una pequeña parte, la parte observable, ya que el resto de sus galaxias están ya tan lejanas que su luz nunca llegará a la Tierra. Restaría decir que el Universo se está expandiendo lo mismo que un inmenso soufflé en el horno, y que las galaxias se separan entre sí cada vez más, pronosticando un lejano futuro de soledad cósmica.
Y si lo anterior no fuera ya suficiente para nuestras entendederas, resulta que nuestro Universo es sólo uno más entre una infinidad de ellos, según aseguran las actuales teorías cosmológicas, que además se plantean a no muy lejano plazo la verificación experimental de esta realidad inaudita. Multiverso,  palabra que señala la existencia alrededor nuestro de muchos Uni-versos que estarían apareciendo desde siempre en número infinito, como las burbujas de jabón en un baño eterno de espuma, si se perdona la metáfora. Baño o Nada creadora, Nada de realidad en potencia capaz de generar incesantes Big Bang que acaban configurando Universos.
Así es el poema actual de la ciencia, algo increíble, casi tanto como cuando el dominico Giordano Bruno afirmó en el siglo XVI que debían existir un número infinito de mundos habitados. Y aunque fue condenado a la hoguera, él sólo se refería a mundos (planetas) de este Universo.

¿Hasta dónde va a llegar esta ciencia loca que nos va a volver locos a todos? Y menos mal que las ideas de eternidad e infinitud resultan familiares a través de la religión y la fe en otra vida, pero que esas ideas se apliquen al Cosmos material ya es otro cantar… Si esto del Multiverso no es un poema, que venga Dios y lo vea.

viernes, 26 de febrero de 2016

LA TONTERÍA DEMOCRATICA

El país ha votado mayoritariamente, aunque de manera insuficiente para gobernar, al centro derecha, pero el centro izquierda, que es la segunda fuerza, le ha estigmatizado hasta el punto de no querer ni hablar con él a causa de los casos de corrupción que ostenta, ignorando los suyos propios que no se quedan cortos. La izquierda de verdad, que no oculta su ansiedad camaleónica por el poder, intenta captar al centro izquierda (indefinido entre la izquierda y la derecha, pero negando al poderoso rival del centro derecha que puede arrebatarle el poder). El centro izquierda duda porque hay líneas rojas hacia la izquierda que no deben rebasarse sin quedar en evidencia la traición a las raíces, aunque por el poder estarían quizás dispuestos a redefinirse políticamente.
Todo es un juego de estrategias por el poder, y mientras tanto los ciudadanos contemplan atónitos como los políticos juegan apasionados sus cartas ignorando que los ciudadanos que votaron hacia la derecha quieren derecha y los que votaron hacia la izquierda quieren izquierda, y asisten perplejos a la posibilidad de que cualquier salida indeseada sea posible. El tiempo de los ciudadanos pasó, ahora es el tiempo de los políticos, el tiempo de la conquista del poder a cualquier precio.
Esto es una tontería, un juego a dos niveles en que el nivel político, el superior,  usa a la ciudadanía, el inferior, como un paso previo, como la regla del juego o reparto de cartas que le permitirán hacer sus jugadas por el poder. La clase política, aunque presuma de popular o populista, sigue separada de la clase ciudadana.
Con gran lucidez dijo Jesús el galileo “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, banalizando la política, sobrepasándola y afirmando la primacía de lo verdadero sobre lo coyuntural humano, sobre el tributo político que hay que pagar por existir en este mundo.
 La democracia es un teatro, una comedia a veces trágica pero inevitable porque la convivencia exige acuerdos, aunque a veces sean inconvenientes. El único consuelo es que no son eternos.


miércoles, 3 de febrero de 2016

LA NUEVA "CASPA" POLÍTICA

No “casta” política, término puesto de moda por un partido de nuevo cuño para referirse a la política tradicional, profesionalizada, sino “caspa” política es lo que estamos contemplando en estos días en que todos los partidos, nuevos y viejos, afilan sus estrategias y tienden cepos para eliminar al adversario. Porque casposo no es sinónimo exclusivamente de anticuado y cutre sino de falta de aseo ético, de colonización de la mente por el hongo del egoísmo. Nuevos y viejos partidos hacen de la política un fin en sí mismo y se olvidan de los ciudadanos, que son relegados a meras fichas o presencias virtuales en el juego del poder. La política es un juego en el que el ciudadano, en cuanto ha otorgado su voto, queda al margen de la acción y se limita a contemplar, muchas veces desesperado, cómo el político juega bazas que no le gustan o que van incluso en contra de sus intereses. ¿Para qué votar a un partido que se pretende ganador si luego acaba gobernando una coalición de perdedores con programas políticos dispares? Las coaliciones y los pactos tendrían que hacerse antes de votar y prohibirse después. Esta democracia no tiene sentido, porque llamándose representativa no representa bien al ciudadano.
El político al uso vive en una burbuja política y contempla al ciudadano a través de su curvada superficie, distorsionado y difuso, viendo en él una baza de juego de su propiedad. El político mira a la política y no al ciudadano en sí mismo. Pasa algo parecido con el médico que ve sólo la enfermedad y no al enfermo. Es el mal de la profesionalización, de las castas, que no son exclusivas, como decimos, de los viejos sino también de todo aquel que llega con ese espíritu de corporación y sabiduría infusa.
Decía León Felipe, refiriéndose a esto, que había que pasar por las cosas ligero, sin quedarse demasiado en ellas, sin que hicieran callo para no perder la sensibilidad: 

Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve
cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Si la política estuviera sometida a riguroso control económico para evitar corruptelas y privilegios, además de remunerada de manera sobria, se accedería a ella por vocación de servicio a los ciudadanos y no por fines espurios. Y si el poder político estuviese limitado y controlado por la ciudadanía, otro gallo nos cantara. Pero ¿quién le pone por sorpresa el cascabel al gato si el que hace y aprueba la ley es el gremio político?  Demasiado poder, demasiada independencia y falta de control ciudadano habitan confortablemente en la política de nuestros días. 

lunes, 4 de enero de 2016

CONSUMO INDUCIDO

Decía Marx que la religión era el opio del pueblo, idea no original suya, por cierto. Hoy, cuando la religión no despierta ya tantas adicciones, tendría que decir que el opio del pueblo es el consumo. Todas las épocas y sociedades tienen su opio, salvo aquellas en que sobrevivir constituye la preocupación de todo el día. Los incas sometieron a los pueblos andinos que luego formaron el imperio, el Tahuantinsuyo, y el Inca tenía como máxima mantener siempre ocupados a sus súbditos hasta el punto de hacerles ejecutar trabajos inútiles antes de que estuviesen ociosos. Y así realizaron construcciones ciclópeas aparejadas en seco  insuperables, talladas las piedras con tal cuidado y perfección que a veces no se distinguían las juntas. Y lo mismo hicieron los Faraones egipcios levantando inmensas pirámides para sus sepulturas, o los soberanos del pueblo rapanui de la Isla de Pascua, obligando a sus súbditos a tallar y erigir innumerables moáis, gigantescas estatuas de los ancestros, monigotes pétreos diseminados por la isla. Ejemplos así los hay por todo el orbe.

Estamos pues ante un problema general que consiste en el empleo del ocio. La ociosidad es la madre de todos los vicios, dice el refranero universal, porque los vicios son el último recurso excitante capaz de combatir el tedio del ocio, de la inactividad.
En el siglo XX desarrollista e industrial, la medicina contra la angustia del ocio ha venido de la mano del consumo, inducido por el liberalismo económico, por ese dejar hacer al capitalismo en la confianza de que todo se autorregula y equilibra de la misma manera que en la naturaleza por la fuerza de las adaptaciones y la evolución. Pero no se puede ignorar que los equilibrios son con frecuencia crueles, como lo es que el animal se coma a otro animal para sobrevivir. Y dejando hacer al capital y a sus empresas,  se descubrió ya a mediados de siglo en Norteamérica la obsolescencia programada. Se podía hacer un buen negocio obligando a aumentar el consumo de manera artificial, innecesaria, produciendo artículos de escasa vida útil que había que substituir al poco tiempo. Todo empezó con las bombillas, que se fundían en breve plazo a pesar de que podían fabricarse al mismo precio con una duración casi ilimitada. Le siguieron las lavadoras, los frigoríficos y todos los ingenios electromecánicos. Hoy el asunto ya es de juzgado de guardia, cuando los ordenadores, móviles y demás gadgets electrónicos dejan de funcionar correctamente en un suspiro. Hay otras formas de obsolescencia programada, como los cambios de diseño, la moda, el marketing omnipresente y opresivo. La moda es la guinda de la obsolescencia, programada al margen de las tendencias sociales, de evolución mucho más lenta. La moda se cambia arbitrariamente cada año y hay toda una maquinaria comercial  para forzar su consumo.

 Las ventajas del aumento de producción que genera la obsolescencia programada son evidentes, ya que genera puestos de trabajo (innecesarios, eso sí) y llena los bolsillos de las empresas, que pueden abrir nuevas factorías y producir más. Es la espiral del crecimiento continuo, que el capitalismo ve como la regla de oro del progreso. El resultado negativo de esta vorágine es también obvio. Hay una gran masa de población produciendo cosas innecesarias, como los indios del Tahuantinsuyo. Y por añadidura, todos los productos obsoletos son enviados como material reutilizable al tercer mundo en desembarco incesante de containers, donde acaban despiezados en basureros en los que muchos extraen todavía el poco metal que tienen para conseguir precarios recursos. Pero lo que nadie se lleva es la destrucción del medio ambiente, la contaminación de las aguas y el deterioro del paisaje.

¿Pero estamos abocados necesariamente a este modo de producción, a la ley del crecimiento continuo? ¿Qué pasaría si empezamos a fabricar productos de calidad que duren una generación, a usar ropa de fibras duraderas y diseños que nadie cambie artificialmente de moda? Pues pasaría que se produciría menos, que si se querían mantener los empleos habría que bajar los sueldos. Pero como el consumo habría disminuido también en la medida de la producción, el gasto de las personas sería menor y podrían vivir como antes con menos sueldo. Menos trabajo y más ocio, sería el resultado. ¡Ah, el problema del ocio otra vez! ¿Qué voy a hacer con mi tiempo de ocio si no puedo consumir?, dirían algunos. Es un  tipo de pregunta enajenada que resulta de la labor embrutecedora que el marketing, la compra a plazos y la obsolescencia programada han venido creando a lo largo de decenios. Pues hay que responder que será una gran oportunidad para la interacción social, para la actividad cultural y política de todas las personas. Nada hay por descubrir en este mundo, que se lo pregunten a los ciudadanos griegos de la antigüedad, que disfrutaban del ocio de esta manera y, con una pequeña población en relación a nuestros actuales países, alumbraron a los mejores artistas, filósofos y escritores. Eso sí, los que trabajaban entonces eran los esclavos a cambio de casa y comida. Más o menos como hoy si añadimos las baratijas electrodomésticas y mecánicas que se producen por millones y que todo el mundo tiene.

domingo, 13 de diciembre de 2015

CAUDILLOS, PRESIDENTES Y CIUDADANOS


Los que crecimos en la época franquista estábamos acostumbrados al soniquete ese de Caudillo, referido al personaje que dirigía entonces los destinos de la Patria a su buen parecer y entender. Caudillo, es decir, cabecilla político-militar, o militar-político para ser más exactos, que se alza contra el orden establecido considerado ineficiente o perverso, pretendiendo derrocarle. Un caudillo debía tener un poderoso carisma para que gran parte del pueblo le apoyara y debía tener también la llave del poder militar y económico para alcanzar sus propósitos. La era dorada de los caudillos se remonta a los umbrales de la historia, cuando personas excepcionales como Alejandro Magno, Gengis Kan o el Cid estaban iluminadas por una idea – hoy decimos que tenían conciencia de un destino– que danzaba confusa en el alma del pueblo sin conseguir alumbrarse. Un caudillo es por definición algo temporal, cuya misión está ligada a una guerra, revolución o cruzada, ganada la cual debe ceder el poder a una organización política bien definida y contrastada en la época. La época de los caudillos es pues la época de la precariedad de conciencia de un pueblo, que necesita que alguien con más luces le dirija. Nuestro “Caudillo” nunca debió atribuirse ese apelativo, y si lo hizo fue movido por una fantasía bélica infantiloide engordada en sus exitosas campañas de África. Debió usar escuetamente, dada su vocación de permanencia, el nombre de Jefe de Estado bajo un régimen de dictadura.

Los que se obcecan en volver al pasado, en volver a las trincheras de la memoria, deberían tomar conciencia de que la lucha tiene lugar ahora en un presente democrático donde la conciencia no es patrimonio de un líder, un cabecilla o dirigente carismático, sino de todo el pueblo, cada vez más armado con la información que las tecnologías de la comunicación ponen a su servicio. Hoy los líderes, por llamarles algo, no son carismáticos sino personas comunes sometidas al ojo de la crítica pública por sus hechos. Así es la democracia, el gobierno del pueblo, aunque, perezoso como es siempre el pueblo, delegue en su Presiente por unos cuantos años. Presidente, o sea, el que preside o dirige una junta, reunión o asamblea, que es la que realmente toma las decisiones. De Caudillo a Presidente va un largo trecho de descentralización del poder y la conciencia de la realidad, y más trecho queda todavía por recorrer hasta acabar con la ineficaz democracia representativa, nido de corrupción, demagogia y desfachatez. Hoy día ser político es sinónimo de ser demagogo, y no hay más que escuchar los mítines electorales para abochornarse de la sarta de verdades a medias, de trampas argumentales o promesas imposibles que se dirigen a los miembros del propio partido con el único objeto de exaltarles y poder salir en televisión  para captar una parte de votos del alto volumen de indecisos, que ya pasan casi de todo a la vista del desencantado panorama político.

La política debe estar directamente en manos del ciudadano, y para ello hace falta crear corrientes de información soportadas en las nuevas tecnologías que permitan el sufragio directo y universal en la mayoría de los asuntos. El ciudadano dejará de ser un individuo observador al que se le consulta cada cuatro años y pasará a convertirse en todo momento en agente activo y responsable político. Parece una utopía pretender resucitar en nuestro tiempo la democracia ateniense, asamblearia, en la que todos los ciudadanos podían votar de manera directa. Pero aunque hacerlo en asamblea pública, a mano alzada como lo hacían ellos, resulta imposible ya, las tecnologías de la comunicación permiten llevarlo a cabo de manera rápida y efectiva. ¿Qué menos que convocar treinta o cuarenta asambleas virtuales al año, como ellos las convocaban físicamente, para decidir sobre los diferentes asuntos que afectan a la marcha de la sociedad? Sociedad aquella de ciudadanos que ostentaban directamente el poder servidos por meros administradores o funcionarios.  

lunes, 30 de noviembre de 2015

POLÍTICOS MEDIÁTICOS

Entramos en campaña y los líderes políticos se afanan en presentar su cara más simpática y divertida, su naturalidad más natural sacada nadie sabe de dónde puesto que nunca la usan en público a lo largo del año. Somos como tú, parecen querer trasmitir, entrañables y divertidos; puedes fiarte de nosotros. Y vemos a Rajoy detrás del micrófono deportivo comentando un partido de futbol con pasión madridista, o a Pedro Sánchez asistiendo a tertulias  marujeras o escalando el peñón de Ifach al lado de Jesús  Calleja, el versátil deportista aventurero que lo mismo escala montañas, pilota un helicóptero o se sumerge en simas inundadas. Vemos a Soraya Sáez de Santamaría bailando en el Hormiguero o recorriendo el Camino de Santiago en compañía también del incombustible  –a la par que famélico, quizás de tanta actividad– Jesús Calleja. Y veremos otra vez, como no, al Presidente de Gobierno departiendo sobre temas personales con Bertín Osborne en el programa “En tu casa o la mía”, por el que han pasado los más variopintos personajes, como Los Morancos, Jesulín de Ubrique, Carmen Martínez Bordiú o Mariló Montero. Y por ver y más ver, pobre del político que no se deje ver por la tele en los programas de diversión con más audiencia. Hoy día, si no eres mediático no puedes ser político. Ese parece ser el secreto recién descubierto en nuestro país. Frente a eso, ya no importan tanto los debates entre los líderes de los partidos, y hasta se eluden a veces salvo los muy significativos, porque gran parte de la gente lo que quiere es divertirse y que no le den la vara. Además, quién cree ya en los programas políticos, en las buenas intenciones, si al final no se cumplen por imperativos de la realidad o por incompetencia. Ya no engañan los programas como lo hacían antes, y por eso la gente quiere más ver el lado humano de los líderes que escuchar sus propuestas. Y a pesar de todo, en el desmadre electoral, todavía no hemos llegado al nivel de Italia, donde en ocasiones se ha presentado a las elecciones algún cómico o una prostituta famosa; ni al nivel de EEUU, donde los actores de cine son una estimable cantera (véase Reagan o Schwarzenegger). Claro que con este panorama, algunos, o muchos, vaya usted a saber, se preguntan si la política es un cachondeo, una mera apariencia,  y si no hay mucho que hacer salvo dejarse llevar por la fuerza de los acontecimientos, que vienen cada vez más condicionados desde fuera. Ver a Pablo Iglesias cambiar continuamente su programa adaptándolo al viento que sopla en cada momento, con la sana y probablemente única intención de hacerse con el poder y luego ya veremos, nos llena de desilusión y nos reafirma en la idea de que esto es un total cachondeo. No hay más que verle hacer el payaso cantando coplas mal escritas por él mismo para satirizar a otros políticos, mientras que las bases de Podemos se sienten abandonadas en su vocación asamblearia; qué ingenuos, tomarse las cosas tan en serio.

Mucho más triste es la campaña electoral en Cataluña, donde no hay ganas de juerga, sino de venderse el partido que gobierna a quién sea para conservar el poder, para conservar el statu quo de la corrupción y la impunidad ante la ley disfrazadas de independencia. Pero además es que los catalanes son más serios de por sí, y lo que de verdad les pone, en plan lúdico, es eso de “salut i força al canut”, que algunos maliciosos emplean con significado fálico, pero que en su origen medieval significaba salud y riqueza, ya que el dicho alude al peso o cantidad de monedas de la bolsa, llamada ”canut” debido quizás a un diseño tubular. En cuanto a otras manifestaciones lúdicas, mal lo lleva la sardana –esa elegante y ancestral danza llena de armonía y cooperación– en una Cataluña dividida, incapaz de cerrarse en círculo cogida de la mano.  

martes, 13 de octubre de 2015

CATALUNYA

La historia de un pueblo es siempre una ficción, un relato más o menos literario que exalta los sentimientos de sus gentes y les impregna de una identidad propia frente otros pueblos. La historia es el mito necesario que cohesiona una sociedad, junto con su lengua y su cultura. Y como todo mito, más que valor de realidad tiene un valor de potencialidad. Es la energía que mueve a los pueblos y los hace crecer.

Catalunya empezó a construir su mito nacional muy recientemente, a principios del siglo XX, aunque el mito hunde sus raíces en el catalanismo cultural romántico de finales del XIX. Es la misma época en que aparece con fuerza el nacionalismo vasco, y es que ambos, así como otros de diferentes regiones de la península, surgen como consecuencia de la idea sociopolítica del nacionalismo, alumbrada con la revolución francesa y que fue socavando las monarquías europeas que gobernaban a la vez varios países. Según ella, las personas de diferentes pueblos deberían dejar de guardar fidelidad a un mismo rey para guardarla a su nación, entendida ésta como el conjunto de gentes que hablan la misma lengua, tienen las mismas costumbres y cultura, y habitan históricamente un mismo territorio.

El que los nacionalismos vasco y catalán hayan sido los más pujantes y duraderos en España se deberá seguramente a diversos factores de difícil evaluación, y sin duda diferentes en ambos casos. Sí que tienen en común la existencia de unas figuras carismáticas como Sabino Arana y Prat de la Riba, respectivamente, que lograron  construir un mito nacionalista potente y avivar ese acervo de emociones  que despierta el paisaje, la etnia y la cultura de nacimiento. Tienen también en común un desarrollo industrial elevado, siderúrgico en Vizcaya y textil en Cataluña, que sin duda alentó en la época ese orgullo de ser mejores que el resto de España.

No entramos a juzgar la realidad de la historia catalana vista desde su mito nacionalista, por más que abunde en manipulaciones y visiones interesadas de los hechos, porque también el nacionalismo español, o el vasco, por hablar de nuestro espacio peninsular, cojean del mismo pie. Respecto a la tan exhibida identidad catalana, es cierta su existencia como lo es la aragonesa, vasca, gallega o andaluza, sin que eso constituya  un motivo de aislamiento y separación. Los estados se han formado por incorporación de pueblos y culturas, como señalaba Ortega, y lo esencial de un estado es que tenga un proyecto común ilusionante para todos sus pueblos y una legislación única que garantice la igualdad de derechos y deberes de todos los ciudadanos, pudiendo albergar diferentes culturas y lenguas siempre que exista una lengua común. Pero un estado de esa manera integrado debe mantenerse en nuestros días por acuerdo de las partes y no por sometimiento, evaluando las ventajas de la unión frente a la disgregación. Cuando las fuerzas sociales disgregadoras son más fuertes que las integradoras, hay que replantear las leyes constituyentes.

Volviendo a Cataluña – ahora escrito en la lengua común– deberían dejar  de utilizarse espuriamente los planteamientos nacionalistas que ya han quedado desenmascarados, primero porque la historia es muy compleja y su interpretación se puede inclinar hacia el lado que convenga en cada caso, y segundo porque no se trata de volver a la Edad Media sino de avanzar hacia el futuro. Los catalanes, que siempre han sido tan prácticos, no tendrían que dejarse arrastrar por ese sentimentalismo nacional primitivo que necesita un oponente para existir. Cataluña ha tenido altibajos en su desarrollo, pero el victimismo no soluciona los problemas de las épocas de decadencia, de la mala administración o la política corrupta.