miércoles, 3 de febrero de 2016

LA NUEVA "CASPA" POLÍTICA

No “casta” política, término puesto de moda por un partido de nuevo cuño para referirse a la política tradicional, profesionalizada, sino “caspa” política es lo que estamos contemplando en estos días en que todos los partidos, nuevos y viejos, afilan sus estrategias y tienden cepos para eliminar al adversario. Porque casposo no es sinónimo exclusivamente de anticuado y cutre sino de falta de aseo ético, de colonización de la mente por el hongo del egoísmo. Nuevos y viejos partidos hacen de la política un fin en sí mismo y se olvidan de los ciudadanos, que son relegados a meras fichas o presencias virtuales en el juego del poder. La política es un juego en el que el ciudadano, en cuanto ha otorgado su voto, queda al margen de la acción y se limita a contemplar, muchas veces desesperado, cómo el político juega bazas que no le gustan o que van incluso en contra de sus intereses. ¿Para qué votar a un partido que se pretende ganador si luego acaba gobernando una coalición de perdedores con programas políticos dispares? Las coaliciones y los pactos tendrían que hacerse antes de votar y prohibirse después. Esta democracia no tiene sentido, porque llamándose representativa no representa bien al ciudadano.
El político al uso vive en una burbuja política y contempla al ciudadano a través de su curvada superficie, distorsionado y difuso, viendo en él una baza de juego de su propiedad. El político mira a la política y no al ciudadano en sí mismo. Pasa algo parecido con el médico que ve sólo la enfermedad y no al enfermo. Es el mal de la profesionalización, de las castas, que no son exclusivas, como decimos, de los viejos sino también de todo aquel que llega con ese espíritu de corporación y sabiduría infusa.
Decía León Felipe, refiriéndose a esto, que había que pasar por las cosas ligero, sin quedarse demasiado en ellas, sin que hicieran callo para no perder la sensibilidad: 

Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve
cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Si la política estuviera sometida a riguroso control económico para evitar corruptelas y privilegios, además de remunerada de manera sobria, se accedería a ella por vocación de servicio a los ciudadanos y no por fines espurios. Y si el poder político estuviese limitado y controlado por la ciudadanía, otro gallo nos cantara. Pero ¿quién le pone por sorpresa el cascabel al gato si el que hace y aprueba la ley es el gremio político?  Demasiado poder, demasiada independencia y falta de control ciudadano habitan confortablemente en la política de nuestros días. 

lunes, 4 de enero de 2016

CONSUMO INDUCIDO

Decía Marx que la religión era el opio del pueblo, idea no original suya, por cierto. Hoy, cuando la religión no despierta ya tantas adicciones, tendría que decir que el opio del pueblo es el consumo. Todas las épocas y sociedades tienen su opio, salvo aquellas en que sobrevivir constituye la preocupación de todo el día. Los incas sometieron a los pueblos andinos que luego formaron el imperio, el Tahuantinsuyo, y el Inca tenía como máxima mantener siempre ocupados a sus súbditos hasta el punto de hacerles ejecutar trabajos inútiles antes de que estuviesen ociosos. Y así realizaron construcciones ciclópeas aparejadas en seco  insuperables, talladas las piedras con tal cuidado y perfección que a veces no se distinguían las juntas. Y lo mismo hicieron los Faraones egipcios levantando inmensas pirámides para sus sepulturas, o los soberanos del pueblo rapanui de la Isla de Pascua, obligando a sus súbditos a tallar y erigir innumerables moáis, gigantescas estatuas de los ancestros, monigotes pétreos diseminados por la isla. Ejemplos así los hay por todo el orbe.

Estamos pues ante un problema general que consiste en el empleo del ocio. La ociosidad es la madre de todos los vicios, dice el refranero universal, porque los vicios son el último recurso excitante capaz de combatir el tedio del ocio, de la inactividad.
En el siglo XX desarrollista e industrial, la medicina contra la angustia del ocio ha venido de la mano del consumo, inducido por el liberalismo económico, por ese dejar hacer al capitalismo en la confianza de que todo se autorregula y equilibra de la misma manera que en la naturaleza por la fuerza de las adaptaciones y la evolución. Pero no se puede ignorar que los equilibrios son con frecuencia crueles, como lo es que el animal se coma a otro animal para sobrevivir. Y dejando hacer al capital y a sus empresas,  se descubrió ya a mediados de siglo en Norteamérica la obsolescencia programada. Se podía hacer un buen negocio obligando a aumentar el consumo de manera artificial, innecesaria, produciendo artículos de escasa vida útil que había que substituir al poco tiempo. Todo empezó con las bombillas, que se fundían en breve plazo a pesar de que podían fabricarse al mismo precio con una duración casi ilimitada. Le siguieron las lavadoras, los frigoríficos y todos los ingenios electromecánicos. Hoy el asunto ya es de juzgado de guardia, cuando los ordenadores, móviles y demás gadgets electrónicos dejan de funcionar correctamente en un suspiro. Hay otras formas de obsolescencia programada, como los cambios de diseño, la moda, el marketing omnipresente y opresivo. La moda es la guinda de la obsolescencia, programada al margen de las tendencias sociales, de evolución mucho más lenta. La moda se cambia arbitrariamente cada año y hay toda una maquinaria comercial  para forzar su consumo.

 Las ventajas del aumento de producción que genera la obsolescencia programada son evidentes, ya que genera puestos de trabajo (innecesarios, eso sí) y llena los bolsillos de las empresas, que pueden abrir nuevas factorías y producir más. Es la espiral del crecimiento continuo, que el capitalismo ve como la regla de oro del progreso. El resultado negativo de esta vorágine es también obvio. Hay una gran masa de población produciendo cosas innecesarias, como los indios del Tahuantinsuyo. Y por añadidura, todos los productos obsoletos son enviados como material reutilizable al tercer mundo en desembarco incesante de containers, donde acaban despiezados en basureros en los que muchos extraen todavía el poco metal que tienen para conseguir precarios recursos. Pero lo que nadie se lleva es la destrucción del medio ambiente, la contaminación de las aguas y el deterioro del paisaje.

¿Pero estamos abocados necesariamente a este modo de producción, a la ley del crecimiento continuo? ¿Qué pasaría si empezamos a fabricar productos de calidad que duren una generación, a usar ropa de fibras duraderas y diseños que nadie cambie artificialmente de moda? Pues pasaría que se produciría menos, que si se querían mantener los empleos habría que bajar los sueldos. Pero como el consumo habría disminuido también en la medida de la producción, el gasto de las personas sería menor y podrían vivir como antes con menos sueldo. Menos trabajo y más ocio, sería el resultado. ¡Ah, el problema del ocio otra vez! ¿Qué voy a hacer con mi tiempo de ocio si no puedo consumir?, dirían algunos. Es un  tipo de pregunta enajenada que resulta de la labor embrutecedora que el marketing, la compra a plazos y la obsolescencia programada han venido creando a lo largo de decenios. Pues hay que responder que será una gran oportunidad para la interacción social, para la actividad cultural y política de todas las personas. Nada hay por descubrir en este mundo, que se lo pregunten a los ciudadanos griegos de la antigüedad, que disfrutaban del ocio de esta manera y, con una pequeña población en relación a nuestros actuales países, alumbraron a los mejores artistas, filósofos y escritores. Eso sí, los que trabajaban entonces eran los esclavos a cambio de casa y comida. Más o menos como hoy si añadimos las baratijas electrodomésticas y mecánicas que se producen por millones y que todo el mundo tiene.

domingo, 13 de diciembre de 2015

CAUDILLOS, PRESIDENTES Y CIUDADANOS


Los que crecimos en la época franquista estábamos acostumbrados al soniquete ese de Caudillo, referido al personaje que dirigía entonces los destinos de la Patria a su buen parecer y entender. Caudillo, es decir, cabecilla político-militar, o militar-político para ser más exactos, que se alza contra el orden establecido considerado ineficiente o perverso, pretendiendo derrocarle. Un caudillo debía tener un poderoso carisma para que gran parte del pueblo le apoyara y debía tener también la llave del poder militar y económico para alcanzar sus propósitos. La era dorada de los caudillos se remonta a los umbrales de la historia, cuando personas excepcionales como Alejandro Magno, Gengis Kan o el Cid estaban iluminadas por una idea – hoy decimos que tenían conciencia de un destino– que danzaba confusa en el alma del pueblo sin conseguir alumbrarse. Un caudillo es por definición algo temporal, cuya misión está ligada a una guerra, revolución o cruzada, ganada la cual debe ceder el poder a una organización política bien definida y contrastada en la época. La época de los caudillos es pues la época de la precariedad de conciencia de un pueblo, que necesita que alguien con más luces le dirija. Nuestro “Caudillo” nunca debió atribuirse ese apelativo, y si lo hizo fue movido por una fantasía bélica infantiloide engordada en sus exitosas campañas de África. Debió usar escuetamente, dada su vocación de permanencia, el nombre de Jefe de Estado bajo un régimen de dictadura.

Los que se obcecan en volver al pasado, en volver a las trincheras de la memoria, deberían tomar conciencia de que la lucha tiene lugar ahora en un presente democrático donde la conciencia no es patrimonio de un líder, un cabecilla o dirigente carismático, sino de todo el pueblo, cada vez más armado con la información que las tecnologías de la comunicación ponen a su servicio. Hoy los líderes, por llamarles algo, no son carismáticos sino personas comunes sometidas al ojo de la crítica pública por sus hechos. Así es la democracia, el gobierno del pueblo, aunque, perezoso como es siempre el pueblo, delegue en su Presiente por unos cuantos años. Presidente, o sea, el que preside o dirige una junta, reunión o asamblea, que es la que realmente toma las decisiones. De Caudillo a Presidente va un largo trecho de descentralización del poder y la conciencia de la realidad, y más trecho queda todavía por recorrer hasta acabar con la ineficaz democracia representativa, nido de corrupción, demagogia y desfachatez. Hoy día ser político es sinónimo de ser demagogo, y no hay más que escuchar los mítines electorales para abochornarse de la sarta de verdades a medias, de trampas argumentales o promesas imposibles que se dirigen a los miembros del propio partido con el único objeto de exaltarles y poder salir en televisión  para captar una parte de votos del alto volumen de indecisos, que ya pasan casi de todo a la vista del desencantado panorama político.

La política debe estar directamente en manos del ciudadano, y para ello hace falta crear corrientes de información soportadas en las nuevas tecnologías que permitan el sufragio directo y universal en la mayoría de los asuntos. El ciudadano dejará de ser un individuo observador al que se le consulta cada cuatro años y pasará a convertirse en todo momento en agente activo y responsable político. Parece una utopía pretender resucitar en nuestro tiempo la democracia ateniense, asamblearia, en la que todos los ciudadanos podían votar de manera directa. Pero aunque hacerlo en asamblea pública, a mano alzada como lo hacían ellos, resulta imposible ya, las tecnologías de la comunicación permiten llevarlo a cabo de manera rápida y efectiva. ¿Qué menos que convocar treinta o cuarenta asambleas virtuales al año, como ellos las convocaban físicamente, para decidir sobre los diferentes asuntos que afectan a la marcha de la sociedad? Sociedad aquella de ciudadanos que ostentaban directamente el poder servidos por meros administradores o funcionarios.  

lunes, 30 de noviembre de 2015

POLÍTICOS MEDIÁTICOS

Entramos en campaña y los líderes políticos se afanan en presentar su cara más simpática y divertida, su naturalidad más natural sacada nadie sabe de dónde puesto que nunca la usan en público a lo largo del año. Somos como tú, parecen querer trasmitir, entrañables y divertidos; puedes fiarte de nosotros. Y vemos a Rajoy detrás del micrófono deportivo comentando un partido de futbol con pasión madridista, o a Pedro Sánchez asistiendo a tertulias  marujeras o escalando el peñón de Ifach al lado de Jesús  Calleja, el versátil deportista aventurero que lo mismo escala montañas, pilota un helicóptero o se sumerge en simas inundadas. Vemos a Soraya Sáez de Santamaría bailando en el Hormiguero o recorriendo el Camino de Santiago en compañía también del incombustible  –a la par que famélico, quizás de tanta actividad– Jesús Calleja. Y veremos otra vez, como no, al Presidente de Gobierno departiendo sobre temas personales con Bertín Osborne en el programa “En tu casa o la mía”, por el que han pasado los más variopintos personajes, como Los Morancos, Jesulín de Ubrique, Carmen Martínez Bordiú o Mariló Montero. Y por ver y más ver, pobre del político que no se deje ver por la tele en los programas de diversión con más audiencia. Hoy día, si no eres mediático no puedes ser político. Ese parece ser el secreto recién descubierto en nuestro país. Frente a eso, ya no importan tanto los debates entre los líderes de los partidos, y hasta se eluden a veces salvo los muy significativos, porque gran parte de la gente lo que quiere es divertirse y que no le den la vara. Además, quién cree ya en los programas políticos, en las buenas intenciones, si al final no se cumplen por imperativos de la realidad o por incompetencia. Ya no engañan los programas como lo hacían antes, y por eso la gente quiere más ver el lado humano de los líderes que escuchar sus propuestas. Y a pesar de todo, en el desmadre electoral, todavía no hemos llegado al nivel de Italia, donde en ocasiones se ha presentado a las elecciones algún cómico o una prostituta famosa; ni al nivel de EEUU, donde los actores de cine son una estimable cantera (véase Reagan o Schwarzenegger). Claro que con este panorama, algunos, o muchos, vaya usted a saber, se preguntan si la política es un cachondeo, una mera apariencia,  y si no hay mucho que hacer salvo dejarse llevar por la fuerza de los acontecimientos, que vienen cada vez más condicionados desde fuera. Ver a Pablo Iglesias cambiar continuamente su programa adaptándolo al viento que sopla en cada momento, con la sana y probablemente única intención de hacerse con el poder y luego ya veremos, nos llena de desilusión y nos reafirma en la idea de que esto es un total cachondeo. No hay más que verle hacer el payaso cantando coplas mal escritas por él mismo para satirizar a otros políticos, mientras que las bases de Podemos se sienten abandonadas en su vocación asamblearia; qué ingenuos, tomarse las cosas tan en serio.

Mucho más triste es la campaña electoral en Cataluña, donde no hay ganas de juerga, sino de venderse el partido que gobierna a quién sea para conservar el poder, para conservar el statu quo de la corrupción y la impunidad ante la ley disfrazadas de independencia. Pero además es que los catalanes son más serios de por sí, y lo que de verdad les pone, en plan lúdico, es eso de “salut i força al canut”, que algunos maliciosos emplean con significado fálico, pero que en su origen medieval significaba salud y riqueza, ya que el dicho alude al peso o cantidad de monedas de la bolsa, llamada ”canut” debido quizás a un diseño tubular. En cuanto a otras manifestaciones lúdicas, mal lo lleva la sardana –esa elegante y ancestral danza llena de armonía y cooperación– en una Cataluña dividida, incapaz de cerrarse en círculo cogida de la mano.  

martes, 13 de octubre de 2015

CATALUNYA

La historia de un pueblo es siempre una ficción, un relato más o menos literario que exalta los sentimientos de sus gentes y les impregna de una identidad propia frente otros pueblos. La historia es el mito necesario que cohesiona una sociedad, junto con su lengua y su cultura. Y como todo mito, más que valor de realidad tiene un valor de potencialidad. Es la energía que mueve a los pueblos y los hace crecer.

Catalunya empezó a construir su mito nacional muy recientemente, a principios del siglo XX, aunque el mito hunde sus raíces en el catalanismo cultural romántico de finales del XIX. Es la misma época en que aparece con fuerza el nacionalismo vasco, y es que ambos, así como otros de diferentes regiones de la península, surgen como consecuencia de la idea sociopolítica del nacionalismo, alumbrada con la revolución francesa y que fue socavando las monarquías europeas que gobernaban a la vez varios países. Según ella, las personas de diferentes pueblos deberían dejar de guardar fidelidad a un mismo rey para guardarla a su nación, entendida ésta como el conjunto de gentes que hablan la misma lengua, tienen las mismas costumbres y cultura, y habitan históricamente un mismo territorio.

El que los nacionalismos vasco y catalán hayan sido los más pujantes y duraderos en España se deberá seguramente a diversos factores de difícil evaluación, y sin duda diferentes en ambos casos. Sí que tienen en común la existencia de unas figuras carismáticas como Sabino Arana y Prat de la Riba, respectivamente, que lograron  construir un mito nacionalista potente y avivar ese acervo de emociones  que despierta el paisaje, la etnia y la cultura de nacimiento. Tienen también en común un desarrollo industrial elevado, siderúrgico en Vizcaya y textil en Cataluña, que sin duda alentó en la época ese orgullo de ser mejores que el resto de España.

No entramos a juzgar la realidad de la historia catalana vista desde su mito nacionalista, por más que abunde en manipulaciones y visiones interesadas de los hechos, porque también el nacionalismo español, o el vasco, por hablar de nuestro espacio peninsular, cojean del mismo pie. Respecto a la tan exhibida identidad catalana, es cierta su existencia como lo es la aragonesa, vasca, gallega o andaluza, sin que eso constituya  un motivo de aislamiento y separación. Los estados se han formado por incorporación de pueblos y culturas, como señalaba Ortega, y lo esencial de un estado es que tenga un proyecto común ilusionante para todos sus pueblos y una legislación única que garantice la igualdad de derechos y deberes de todos los ciudadanos, pudiendo albergar diferentes culturas y lenguas siempre que exista una lengua común. Pero un estado de esa manera integrado debe mantenerse en nuestros días por acuerdo de las partes y no por sometimiento, evaluando las ventajas de la unión frente a la disgregación. Cuando las fuerzas sociales disgregadoras son más fuertes que las integradoras, hay que replantear las leyes constituyentes.

Volviendo a Cataluña – ahora escrito en la lengua común– deberían dejar  de utilizarse espuriamente los planteamientos nacionalistas que ya han quedado desenmascarados, primero porque la historia es muy compleja y su interpretación se puede inclinar hacia el lado que convenga en cada caso, y segundo porque no se trata de volver a la Edad Media sino de avanzar hacia el futuro. Los catalanes, que siempre han sido tan prácticos, no tendrían que dejarse arrastrar por ese sentimentalismo nacional primitivo que necesita un oponente para existir. Cataluña ha tenido altibajos en su desarrollo, pero el victimismo no soluciona los problemas de las épocas de decadencia, de la mala administración o la política corrupta. 

lunes, 25 de mayo de 2015

EL MÉTODO PARA ADELGAZAR


¡Se acerca la hora de la verdad! Se acerca el verano, y con el verano la playa. ¡Qué horror!, exclaman las señoras adictas al chocolate, que disimulan bajo la ropa sus adiposidades sigilosamente desarrolladas mientras se daban a los placeres eróticos del paladar. ¡Maldición!, juran los señores que todavía quisieran  presumir de palmito aunque luzcan pelo gris y barriga semiesférica debido a los abusos del placer omnívoro. Y todos se ponen manos a la obra para alcanzar la meta soñada de perder esos kilos y esas formas que afean su imagen. En nuestra cultura actual de veneración de la imagen y la apariencia, los afectados por los kilos piensan que podrían estropear algún romance de verano o incluso desbaratar un negocio importante, aunque tanto uno como otro estén en realidad flotando en su imaginación, como globos de colores bajo el cielo azul.

En invierno no hay problema porque los kilos en exceso pueden disimularse usando fajas y corpiños que devuelven la imagen soñada, pero en la playa… ¡ay en la playa!, la grosera realidad de las carnes desparramadas e hinchadas no se puede escamotear. ¡Hay que adelgazar como sea! Pero ¿cómo hacerlo en apenas un mes?  Hay muchas opciones, muchas dietas que prometen reducir varios kilos a la semana, como la dieta de las zanahorias, la dieta baja en hidratos de carbono, la dieta alta en proteínas, etc., etc. Esfuerzo inútil, porque todas ellas parten de un principio básico equivocado: adelgazar sin pasar hambre. Al final, las calorías siguen siendo las mismas tanto si provienen de grasas, hidratos de carbono o proteínas. Y las dietas vegetarianas extremas nos pueden dejar con poca chispa, salvo que las profesemos desde hace tiempo y sean lo más equilibradas posible. El error está, como hemos dicho, en tenerle miedo al hambre, pequeños glotones de la sociedad de la abundancia que no sabemos mortificarnos.

Pues bien, esa es la dieta eficaz, la fórmula mágica del adelgazamiento, aunque al alcance sólo de caracteres firmes. Y es una fórmula de propósito general para domeñar cualquier placer o vicio. Se basa en la famosa frase que puede leerse en algunos bares: “Hoy no se fía, mañana sí”. Y por semejanza: “Hoy no fumo, mañana sí”, o,  en nuestro caso: “Hoy no voy a comer apenas, mañana sí”. Con ese cartelito pegado en la puerta de la nevera y respetándolo fielmente cada día, veremos cómo nuestros kilos descienden sensiblemente desde la primera semana. Naturalmente comeremos de todo para que nuestro dieta sea equilibrada, pero reduciremos calorías en base a disminuir la cantidad ingerida. Y no estará de más tomar algún complemento vitamínico. ¿Pero y el hambre, qué hago con el hambre?, preguntarán muchos. Pues también hay solución para los débiles de espíritu que no pueden soportarla. El truco es psicológico y consiste en cambiar la sensación de malestar propia del hambre en sensación de placer, sin necesidad de que nos volvamos masoquistas. Hay que pensar que cada vez que sintamos hambre estamos adelgazando unos cuantos gramos, como así es en realidad. Esa satisfacción interior de estar adelgazando hará que aceptemos con relativo agrado las punzadas del hambre. A los pocos días nos acostumbraremos a esa sensación de quedarnos siempre con el estómago ligero, no satisfecho del todo; lo que por otra parte es beneficioso para el organismo en general, que tiene que trabajar menos en procesar los alimentos y se desenvuelve más ágilmente al tener que arrastrar menos peso en los desplazamientos.

¡Y a la playa, a la playa!, pero a olvidarse prácticamente de los chiringuitos y los buenos restaurantes, de la cervecita fresca y las tapitas, de los gintonics con hielo, de los helados y las horchatas. No sé, no sé, dirá alguno, quizás sería más fácil y gratificante mandar la dieta a paseo y decirse cada mañana al despertar: ¡soy una persona gorda, qué pasa! Pero no desesperemos tan pronto, que hay una alternativa para aquellos que no quieran privarse del placer de comer y beber: machacarse a diario con dos o tres horas de tenis, natación o bicicleta. Los milagros no existen en estos asuntos tan banales.

domingo, 10 de mayo de 2015

LOS POLÍTICOS Y LOS TOMATES

Es un hecho que en nuestros días los tomates no saben a nada. Igual pasa con los políticos. Cualquiera que sea la clase de tomate, sólo se diferencia de los otros en la apariencia: unos son de color rojo homogéneo y muy redondos, otros alternan el rojo y el verde, otros son en forma de pera, otros son pequeñitos y de varios colores, amarillos, naranjas y rojos. Y hasta los hay muy grandes y en forma de corazón. Pero todos, como digo, aunque de diferente aspecto, no saben a nada, lo mismo que los políticos.

En el caso de los tomates, los cultivadores han hecho una selección genética a lo largo de décadas, que ha ido imponiendo las semillas de aquellas variedades que mejor forma y color tenían en menosprecio del sabor, ya que los tiempos que corren son tiempos de imagen, de apariencias, y también de exportación. Incluso se han hecho modificaciones genéticas artificiales para potenciar estas cualidades. Un tomate con buena apariencia, que resista bien el maltrato del embalaje y que dure sin deteriorarse durante el transporte, es el candidato ideal para su cultivo. Desgraciadamente no se han encontrado variedades que aúnen estas cualidades de exportación con el sabor y la riqueza vitamínica. De aquellos polvos vienen estos lodos: en nuestro país, el 95 % de los tomates que podemos consumir no tiene substancia. Y lo mismo pasa con los políticos, y no es que los exportemos sino que el propio mercado interno atiende más a la imagen que a la realidad que hay detrás, y además ellos tienen que aguantar la cara también, ahora que estamos en campaña, hasta que culminen las elecciones. Es la ley  del mercado en estos tiempos.

Todos los partidos políticos muestran su mejor apariencia, que promete satisfacciones futuras. Es esencial que los líderes tengan un aspecto agradable, grandes dosis de  empatía, una palabrería que llegue a la gente aunque la mirada de un observador atento perciba en sus ojos ese reflejo de "no me lo creo ni yo".  Y en el seno de los partidos políticos se van seleccionando desde los años juveniles a los especímenes que reúnen estas cualidades. Ya sólo falta, para completar el símil con los tomates, ahora que la intervención genética en animales es viable, que las futuras mamás pidan la modificación ad hoc de sus embriones para que salgan de ellos unos políticos transgénicos llenos de futuro.

Lo que cuenta hoy día es el marketing, un marketing a corto plazo, que una vez vendido el producto ya veremos qué se hace en la próxima campaña. Las generaciones se renuevan con mucha rapidez y muchos no se acuerdan, o están tan atontados por los estímulos inmediatos que renuncian a acordarse, de la historia reciente. Afortunadamente, la gente mayor sí conserva la memoria y se acuerda del sabor de los tomates, y no renuncia a volver a degustarlo algún día. Incluso ya hay productores que empiezan a recuperar para consumo interno aquellos cultivos hortícolas que llenaban nuestro paladar de sabores. ¿Llegará este movimiento incipiente a la política? Porque al final, como dijo Jesús el galileo refiriéndose a los falsos profetas, "por sus obras los conoceréis", no por sus palabras. Quizás por eso él hizo milagros y se jugó el tipo ante el poder de la época. ¿Hará falta un milagro para que la política vuelva a tener contenido de verdad y vuelvan a diferenciarse las distintas opciones?