viernes, 28 de octubre de 2016

OCUPAS

Se habían instalado en un rincón de la terraza, en un recoveco que hacía la pared lateral debido a la presencia de un pilar de carga. Se los veía bien acomodados, protegidos de la lluvia y el viento. En cuanto nos vieron llegar, salieron volando, dejando abandonadas en el rincón a sus criaturas: dos blancos huevos de pequeño tamaño. Habían acumulado en el rincón algunas ramitas y bastantes excrementos, que ya bien secos componían un destartalado nido. Nos dio pena la escena del hogar abandonado, la imposibilidad ya de que llevaran su prole a otro lugar donde nadie les molestase, así que dejamos los huevos en su sitio y volvimos a entrar en la casa. A través de las rendijas de la persiana bajada espiábamos sus idas y venidas, sus turnos de incubación, su afán procreador incesante.

Habíamos ido a la casa paterna, ahora abandonada también por ausencia irreparable de sus propios habitantes, y estuvimos sólo unos pocos días para echar un vistazo y poner algunas cosas en orden. Cuando volvimos otra vez al cabo de pocas semanas, se repitió la escena del susto y la precipitación  de las palomas saltando a volar casi a nuestros pies. Pero ahora sus criaturas eran reales y no blancos globos de esperanza. Eran dos polluelos diminutos, casi sin plumón todavía, dejando ver en muchas partes su desnudez orgánica de pellejos y huesos en la que sobresalía un gran pico y dos ojos saltones e inquietos.

La tercera vez que volvimos a la casa, ya con la luz y la tibieza del incipiente verano, no se repitió la escena de la espantada. Había sólo un polluelo, ya crecido y con plumas grises, pero se le veía encogido en el rincón, debilitado. Pensé que quizás en todas las nidadas hay un pollo más fuerte que acapara el alimento y se desarrolla más deprisa, abandonando el nido y dejando al hermano a su albur. Es la selección natural, que establece que los más fuertes son los que sobreviven. El polluelo solitario estaba triste y sin fuerzas para volar, resignado a ser ocupa durante el breve resto de su vida. No vimos a los progenitores llegando para alimentarle, ni siquiera para contemplarlo un momento. Le habían abandonado todos. Le pusimos unas migas de pan imaginando que estaba hambriento, pero no les hizo el menor caso. Entonces intentamos cogerlo y se revolvió con energía, revoloteando, entrando en la casa y refugiándose debajo de una cama. Después de todo no estaba tan débil, y quizás necesitaba un pequeño empujón para superar el complejo de inferioridad que le había inducido el prematuro y enérgico vuelo de su hermano al abandonar el nido. Quizás sus padres no le alimentaban ya para provocar esa reacción de coraje que le impulsara a volar. Volar o morir, esa parecía ser la ley natural de las palomas. Y el pollo iba a morir, así que tomamos la decisión de lanzarlo al aire desde la terraza, en el sexto piso. Conseguimos atraparle debajo de la cama, y mientras se revolvía y agitaba las alas entre mis manos, lo lancé al vacío. Desconcertado, se dejó caer hasta que el instinto le hizo agitar las alas y empezó a volar torpemente, con poca fuerza, consiguiendo un penoso vuelo descendente que le llevó a chocar contra la pared de enfrente, ya cerca del suelo. Algo maltrecho por el aterrizaje, pero sin nada roto, se escabulló enseguida detrás de un gran tiesto que había junto la puerta de una tienda. Nadie le vio, y allí permaneció escondido mientras pasaba la gente a su lado. Sólo cambiaba ligeramente de posición según las personas vinieran en un sentido u otro para ocultarse mejor. A la hora de comer, la calle se fue quedando vacía y el polluelo, más confiado, se aventuraba a dar pequeños paseítos alrededor del tiesto, explorando con la mirada los lugares cercanos. Nos pusimos a comer nosotros y decidimos bajarle más tarde algo de pan empapado en agua.

Ya en la calle, no vi al pájaro detrás del tiesto. Miré por los alrededores por si en su afán exploratorio se hubiese escondido en otro lugar más seguro. Pero había desaparecido por completo. De vuelta al piso, y mirando la calle desde la terraza, la terrible duda me asaltaba: ¿habría por fin conseguido alzar el vuelo después de su bautismo de aire o algún perro vagabundo le habría visto merodear alrededor del tiesto y había puesto fin a su incierto destino? Pero ¿qué podíamos haber hecho nosotros si se negaba a comer y al final habría acabado muriendo? No había visto plumas en la calle, por lo que quise convencerme de que el pichón estaba ya entre las otras palomas que se veían posadas en los tejados o planeando hábilmente de casa en casa, de alero en alero, de terraza en terraza, disfrutando de esa sensación maravillosa de volar en libertad y señorear la ciudad por encima de sus edificios.

lunes, 13 de junio de 2016

APRENDIENDO A MATAR

A los ocho años, edad de paso de la niñez, cuando ya había hecho la Primera Comunión, mi padre me regaló una escopeta de aire comprimido. En teoría, el regalo era de los Reyes Magos, aunque no me imagino escribiendo la carta a esa edad relativamente tardía. Con el “uso de razón” que se me suponía, fue entonces cuando conocí con total evidencia que los Reyes Magos eran los padres, pues descubrí la escopeta en un rincón de su armario el día anterior a la noche mágica. Quiero imaginar que por entonces el mito de los Reyes era una nebulosa en mi cabeza, en la que no quería penetrar demasiado debido a la alegría y satisfacción de recibir los regalos. Pero aquel día del descubrimiento,  junto con una discreta desilusión, la magia de los Reyes pasó a la deseada arma, impecablemente pavonada y barnizada. Resta decir que mi padre era cazador y yo le ayudaba a recargar los cartuchos, así que ya estaba enganchado a la droga de las armas. No recuerdo otro regalo anterior o posterior que me haya producido mayor emoción, pues era tener en mis manos el poder, la posibilidad  de matar, aunque los incipientes muchachos ya usábamos el tirachinas para asustar a los pájaros. Pero en aquel momento, la magia de la precisión y el poder penetrante del impacto ponían en mis manos un instrumento realmente letal. Sí, ya era mayor y se suponía que sabría usar el arma adecuadamente. En verdad que el arma tuvo la virtud de hacerme cruzar esa barrera que separa la niñez de la pre-adolescencia y convertirme en muchacho.

Pronto aprendí a usar la escopeta y a desarrollar precisión. Recuerdo el día que estaba asomado al balcón de casa y le disparé a un gorrión posado en los cables de la luz, encima de mí. Fue un tiro fácil. No se me olvida el redondo y negro punto de mira de la escopeta centrado en el pecho gris y esponjoso de plumas del gorrión. Disparé y el pajarito se quedó como congelado, y aferrado todavía al cable, giró hasta quedar suspendido bocabajo. Luego se soltó y cayó inerte al suelo. ¡Buen tiro!, me gritó un campesino que pasaba por delante de casa subido en su carro. Bajé apresurado a la calle y recogí al gorrión todavía caliente, temblando yo de emoción, sin saber si asustarme o alegrarme en ese primer enfrentamiento con la muerte causada por mí. Cuando llegó mi padre a casa, le estaba esperando excitado y tembloroso todavía, y le enseñé la pieza cobrada. ¡Vaya, este chico va a ser un buen cazador!, exclamó mirando a mi madre, que tampoco estaba segura de si alegrarse o entristecerse.

Había aprendido a matar y el camino era ya imparable. Salíamos varios amigos a los alrededores y nos turnábamos con la escopeta en el arte de abatir pájaros de los arboles, a veces cobrados ya muertos y otras malheridos, que había que rematar golpeando su cabeza contra una piedra. Eran trofeos de caza, certificación de nuestra puntería prodigiosa y nuestra maestría de cazadores. Hasta tal punto nos invadía la pasión de abatir una pieza, que le disparábamos a pajarillos pequeños de colores, esos que llamábamos mosquiteros. Llegaba a casa todo ufano con una ristra de pájaros diversos, muy puesto en mi papel de cazador. Había visto ese orgullo y ademán en mi padre, cuando llegaba a casa con la canana repleta de perdices colgando. Pero entonces me riñó, y me dijo que no le disparara a pajarillos pequeños, sólo a gorriones.

A los diez años empecé a cazar perdices con escopeta de cartucho, y me producía pánico el momento del disparo, el escandaloso ruido del pájaro al saltar a volar y el estampido del arma que golpeaba en mi hombro infantil con violencia. Pero había que aprender y aprendí, dominando el miedo y disfrazando la muerte de triunfo. Eran tiempos de postguerra y hoy me pregunto si la caza era entonces una válvula de escape para el odio y el ansia de matar acumulados en los que habían participado en ella. 

Desgraciadamente, hoy sigue habiendo guerras,  hoy se sigue matando, hoy sigue actuando el odio profundo y ciego sobre el gatillo de los fusiles y las pistolas. Hoy se sigue enseñando a los niños, en algunos lugares, a manejar armas de guerra y de “defensa personal”. Sin embargo, la gran mayoría de los que conservamos la fascinación por las armas, somos incapaces ya de volver a matar un gorrión. Ahora disparamos sólo a dianas de papel.

viernes, 27 de mayo de 2016

MORIR EN EL MEDITERRÁNEO

Son ya un fenómeno incesante las barcazas de todo tipo repletas hasta lo imposible de migrantes que cruzan el Mediterráneo hacia la tierra prometida de Europa. Y lo es el naufragio y muerte de algunos en esa peligrosa y codiciada aventura que facilitan las mafias a un precio no precisamente del tercer mundo, lo que evidencia la dimensión del sueño europeo que alienta a estos precarios navegantes, que han debido empeñar sus pequeñas posesiones en tierra para lanzarse a la mar. Niños, a veces solos, o mujeres embarazadas se arriesgan al frío y al estado de la mar con tal de huir de la miseria de sus pueblos en busca de una incierta esperanza. Estamos asistiendo a una migración imparable hacia la rica Europa.

Las migraciones son consustanciales con la historia de la Humanidad, desde la primeras que llevó a cabo el hombre prehistórico hace más de un millón de años, saliendo de África y poblando el continente euro-asiático, hasta las invasiones bárbaras desde las estepas asiáticas hacia el sur de Europa o la expansión del Islam por Oriente Medio y África. En todos los casos, la causa principal de los movimientos masivos de población ha sido la búsqueda de una vida mejor frente a la escasez de origen, aunque se promoviera enmascarada desde instancias religiosas o de poder.

En el siglo XIX migraron desde Europa a América más de sesenta millones de personas, atraídas por las oportunidades de trabajo y prosperidad económica del nuevo continente. En la actualidad, el flujo migratorio se ha invertido y Europa, de ser la repobladora del mundo en vías de desarrollo, ha pasado a ser la receptora del mundo sin esperanza de desarrollo. Y eso finalmente no es una carga sino una oportunidad que hay que saber aprovechar para el bien común. Europa se hace vieja y necesita rejuvenecer su población para que se garantice la supervivencia de su sistema económico y de bienestar. Pero la inmigración conlleva no sólo la aportación de masa laboral productiva sino de costumbres, creencias y culturas diferentes que inquietan a muchos por la amenaza de ir diluyendo o hibridando la cultura e identidad europeas. EEUU, país con historia de acogida, se ha desarrollado desde el principio gracias a la emigración, que ha alimentado su sistema productivo bajo un ambiente social de libertad y no imposición cultural que ha permitido la coexistencia, no sin problemas, es cierto,  de núcleos étnicos distintos, como el afroamericano, el hispano o el chino. Europa está todavía lejos de ese escenario y no será fácil que se construya ya que es muy larga su historia y muy arraigada su cultura.  Además, la población emigrante tiene unas tasa de natalidad muy elevada en comparación con la europea, lo que plantea un escenario futuro donde sus aspiraciones y cultura tienen que dejarse oír.  Y por otro lado, Europa y América del Norte no pueden acoger a todo el mundo subdesarrollado, lo que trae como consecuencia la planificación de la acogida y el cierre de fronteras a una inmigración descontrolada.

El escenario futuro es complejo y la distribución mundial de la riqueza es una fallida utopía que debería llamarse “globalización de la riqueza”, que no tiene nada que ver con la actual y creciente “globalización del mercado”, en la cual los países ricos aumentan sus pingües beneficios comerciales en todos los mercados del mundo. Y sin embargo, si un demiurgo quisiera reordenar el mundo advertiría, haciendo la cuenta de la vieja, que el 1% de la población mundial acumula la misma riqueza que el 99% restante. Y que si se distribuyera ésta equitativamente, los pobres únicamente duplicarían sus escasos recursos, es decir, seguirían siendo pobres. Se habría producido la distribución de la  pobreza. Por eso un futuro de globalización de la riqueza tiene que pasar forzosamente por promover el desarrollo de los países atrasados, haciendo innecesarios los movimientos migratorios. Y ése es otro cantar muy difícil de entonar. El drama de las migraciones no va a parar durante mucho tiempo.

jueves, 7 de abril de 2016

EL MULTIVERSO

Dicho así, esto del multiverso parece un poema, es decir, un conjunto de muchos versos. Pero no, no es un poema, o sí es un poema pero no literario sino científico. Es un poema porque hace uso de las metáforas, porque sorprende y maravilla, porque ilumina una nueva realidad. Aunque también podría calificarse de poema en sentido irónico, como algo enrevesado y que no se entiende, como un audaz despropósito o un planteamiento extravagante. Porque el Multiverso es un concepto cosmológico que trasciende la noción de este Universo inmenso que apenas intuimos en las noches de verano cuando contemplamos las miríadas de estrellas sobre nuestras cabezas. Ese Universo que mirado con el más potente de los telescopios sólo conseguimos ver en una pequeña parte, la parte observable, ya que el resto de sus galaxias están ya tan lejanas que su luz nunca llegará a la Tierra. Restaría decir que el Universo se está expandiendo lo mismo que un inmenso soufflé en el horno, y que las galaxias se separan entre sí cada vez más, pronosticando un lejano futuro de soledad cósmica.
Y si lo anterior no fuera ya suficiente para nuestras entendederas, resulta que nuestro Universo es sólo uno más entre una infinidad de ellos, según aseguran las actuales teorías cosmológicas, que además se plantean a no muy lejano plazo la verificación experimental de esta realidad inaudita. Multiverso,  palabra que señala la existencia alrededor nuestro de muchos Uni-versos que estarían apareciendo desde siempre en número infinito, como las burbujas de jabón en un baño eterno de espuma, si se perdona la metáfora. Baño o Nada creadora, Nada de realidad en potencia capaz de generar incesantes Big Bang que acaban configurando Universos.
Así es el poema actual de la ciencia, algo increíble, casi tanto como cuando el dominico Giordano Bruno afirmó en el siglo XVI que debían existir un número infinito de mundos habitados. Y aunque fue condenado a la hoguera, él sólo se refería a mundos (planetas) de este Universo.

¿Hasta dónde va a llegar esta ciencia loca que nos va a volver locos a todos? Y menos mal que las ideas de eternidad e infinitud resultan familiares a través de la religión y la fe en otra vida, pero que esas ideas se apliquen al Cosmos material ya es otro cantar… Si esto del Multiverso no es un poema, que venga Dios y lo vea.

viernes, 26 de febrero de 2016

LA TONTERÍA DEMOCRATICA

El país ha votado mayoritariamente, aunque de manera insuficiente para gobernar, al centro derecha, pero el centro izquierda, que es la segunda fuerza, le ha estigmatizado hasta el punto de no querer ni hablar con él a causa de los casos de corrupción que ostenta, ignorando los suyos propios que no se quedan cortos. La izquierda de verdad, que no oculta su ansiedad camaleónica por el poder, intenta captar al centro izquierda (indefinido entre la izquierda y la derecha, pero negando al poderoso rival del centro derecha que puede arrebatarle el poder). El centro izquierda duda porque hay líneas rojas hacia la izquierda que no deben rebasarse sin quedar en evidencia la traición a las raíces, aunque por el poder estarían quizás dispuestos a redefinirse políticamente.
Todo es un juego de estrategias por el poder, y mientras tanto los ciudadanos contemplan atónitos como los políticos juegan apasionados sus cartas ignorando que los ciudadanos que votaron hacia la derecha quieren derecha y los que votaron hacia la izquierda quieren izquierda, y asisten perplejos a la posibilidad de que cualquier salida indeseada sea posible. El tiempo de los ciudadanos pasó, ahora es el tiempo de los políticos, el tiempo de la conquista del poder a cualquier precio.
Esto es una tontería, un juego a dos niveles en que el nivel político, el superior,  usa a la ciudadanía, el inferior, como un paso previo, como la regla del juego o reparto de cartas que le permitirán hacer sus jugadas por el poder. La clase política, aunque presuma de popular o populista, sigue separada de la clase ciudadana.
Con gran lucidez dijo Jesús el galileo “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, banalizando la política, sobrepasándola y afirmando la primacía de lo verdadero sobre lo coyuntural humano, sobre el tributo político que hay que pagar por existir en este mundo.
 La democracia es un teatro, una comedia a veces trágica pero inevitable porque la convivencia exige acuerdos, aunque a veces sean inconvenientes. El único consuelo es que no son eternos.


miércoles, 3 de febrero de 2016

LA NUEVA "CASPA" POLÍTICA

No “casta” política, término puesto de moda por un partido de nuevo cuño para referirse a la política tradicional, profesionalizada, sino “caspa” política es lo que estamos contemplando en estos días en que todos los partidos, nuevos y viejos, afilan sus estrategias y tienden cepos para eliminar al adversario. Porque casposo no es sinónimo exclusivamente de anticuado y cutre sino de falta de aseo ético, de colonización de la mente por el hongo del egoísmo. Nuevos y viejos partidos hacen de la política un fin en sí mismo y se olvidan de los ciudadanos, que son relegados a meras fichas o presencias virtuales en el juego del poder. La política es un juego en el que el ciudadano, en cuanto ha otorgado su voto, queda al margen de la acción y se limita a contemplar, muchas veces desesperado, cómo el político juega bazas que no le gustan o que van incluso en contra de sus intereses. ¿Para qué votar a un partido que se pretende ganador si luego acaba gobernando una coalición de perdedores con programas políticos dispares? Las coaliciones y los pactos tendrían que hacerse antes de votar y prohibirse después. Esta democracia no tiene sentido, porque llamándose representativa no representa bien al ciudadano.
El político al uso vive en una burbuja política y contempla al ciudadano a través de su curvada superficie, distorsionado y difuso, viendo en él una baza de juego de su propiedad. El político mira a la política y no al ciudadano en sí mismo. Pasa algo parecido con el médico que ve sólo la enfermedad y no al enfermo. Es el mal de la profesionalización, de las castas, que no son exclusivas, como decimos, de los viejos sino también de todo aquel que llega con ese espíritu de corporación y sabiduría infusa.
Decía León Felipe, refiriéndose a esto, que había que pasar por las cosas ligero, sin quedarse demasiado en ellas, sin que hicieran callo para no perder la sensibilidad: 

Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve
cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Si la política estuviera sometida a riguroso control económico para evitar corruptelas y privilegios, además de remunerada de manera sobria, se accedería a ella por vocación de servicio a los ciudadanos y no por fines espurios. Y si el poder político estuviese limitado y controlado por la ciudadanía, otro gallo nos cantara. Pero ¿quién le pone por sorpresa el cascabel al gato si el que hace y aprueba la ley es el gremio político?  Demasiado poder, demasiada independencia y falta de control ciudadano habitan confortablemente en la política de nuestros días. 

lunes, 4 de enero de 2016

CONSUMO INDUCIDO

Decía Marx que la religión era el opio del pueblo, idea no original suya, por cierto. Hoy, cuando la religión no despierta ya tantas adicciones, tendría que decir que el opio del pueblo es el consumo. Todas las épocas y sociedades tienen su opio, salvo aquellas en que sobrevivir constituye la preocupación de todo el día. Los incas sometieron a los pueblos andinos que luego formaron el imperio, el Tahuantinsuyo, y el Inca tenía como máxima mantener siempre ocupados a sus súbditos hasta el punto de hacerles ejecutar trabajos inútiles antes de que estuviesen ociosos. Y así realizaron construcciones ciclópeas aparejadas en seco  insuperables, talladas las piedras con tal cuidado y perfección que a veces no se distinguían las juntas. Y lo mismo hicieron los Faraones egipcios levantando inmensas pirámides para sus sepulturas, o los soberanos del pueblo rapanui de la Isla de Pascua, obligando a sus súbditos a tallar y erigir innumerables moáis, gigantescas estatuas de los ancestros, monigotes pétreos diseminados por la isla. Ejemplos así los hay por todo el orbe.

Estamos pues ante un problema general que consiste en el empleo del ocio. La ociosidad es la madre de todos los vicios, dice el refranero universal, porque los vicios son el último recurso excitante capaz de combatir el tedio del ocio, de la inactividad.
En el siglo XX desarrollista e industrial, la medicina contra la angustia del ocio ha venido de la mano del consumo, inducido por el liberalismo económico, por ese dejar hacer al capitalismo en la confianza de que todo se autorregula y equilibra de la misma manera que en la naturaleza por la fuerza de las adaptaciones y la evolución. Pero no se puede ignorar que los equilibrios son con frecuencia crueles, como lo es que el animal se coma a otro animal para sobrevivir. Y dejando hacer al capital y a sus empresas,  se descubrió ya a mediados de siglo en Norteamérica la obsolescencia programada. Se podía hacer un buen negocio obligando a aumentar el consumo de manera artificial, innecesaria, produciendo artículos de escasa vida útil que había que substituir al poco tiempo. Todo empezó con las bombillas, que se fundían en breve plazo a pesar de que podían fabricarse al mismo precio con una duración casi ilimitada. Le siguieron las lavadoras, los frigoríficos y todos los ingenios electromecánicos. Hoy el asunto ya es de juzgado de guardia, cuando los ordenadores, móviles y demás gadgets electrónicos dejan de funcionar correctamente en un suspiro. Hay otras formas de obsolescencia programada, como los cambios de diseño, la moda, el marketing omnipresente y opresivo. La moda es la guinda de la obsolescencia, programada al margen de las tendencias sociales, de evolución mucho más lenta. La moda se cambia arbitrariamente cada año y hay toda una maquinaria comercial  para forzar su consumo.

 Las ventajas del aumento de producción que genera la obsolescencia programada son evidentes, ya que genera puestos de trabajo (innecesarios, eso sí) y llena los bolsillos de las empresas, que pueden abrir nuevas factorías y producir más. Es la espiral del crecimiento continuo, que el capitalismo ve como la regla de oro del progreso. El resultado negativo de esta vorágine es también obvio. Hay una gran masa de población produciendo cosas innecesarias, como los indios del Tahuantinsuyo. Y por añadidura, todos los productos obsoletos son enviados como material reutilizable al tercer mundo en desembarco incesante de containers, donde acaban despiezados en basureros en los que muchos extraen todavía el poco metal que tienen para conseguir precarios recursos. Pero lo que nadie se lleva es la destrucción del medio ambiente, la contaminación de las aguas y el deterioro del paisaje.

¿Pero estamos abocados necesariamente a este modo de producción, a la ley del crecimiento continuo? ¿Qué pasaría si empezamos a fabricar productos de calidad que duren una generación, a usar ropa de fibras duraderas y diseños que nadie cambie artificialmente de moda? Pues pasaría que se produciría menos, que si se querían mantener los empleos habría que bajar los sueldos. Pero como el consumo habría disminuido también en la medida de la producción, el gasto de las personas sería menor y podrían vivir como antes con menos sueldo. Menos trabajo y más ocio, sería el resultado. ¡Ah, el problema del ocio otra vez! ¿Qué voy a hacer con mi tiempo de ocio si no puedo consumir?, dirían algunos. Es un  tipo de pregunta enajenada que resulta de la labor embrutecedora que el marketing, la compra a plazos y la obsolescencia programada han venido creando a lo largo de decenios. Pues hay que responder que será una gran oportunidad para la interacción social, para la actividad cultural y política de todas las personas. Nada hay por descubrir en este mundo, que se lo pregunten a los ciudadanos griegos de la antigüedad, que disfrutaban del ocio de esta manera y, con una pequeña población en relación a nuestros actuales países, alumbraron a los mejores artistas, filósofos y escritores. Eso sí, los que trabajaban entonces eran los esclavos a cambio de casa y comida. Más o menos como hoy si añadimos las baratijas electrodomésticas y mecánicas que se producen por millones y que todo el mundo tiene.