miércoles, 12 de noviembre de 2014

LIBROS QUE "ENGANCHAN"


Es bastante corriente afirmar hoy, como expresión de valor,  que un libro te “engancha”. Y se supone que te engancha y no te suelta desde el principio al final, obligándote a leerlo de un tirón si tienes tiempo para hacerlo. La expresión es un síntoma de la cultura que nos invade, la del entretenimiento, la dispersión  y la superficialidad, como analiza Vargas Llosa en su último libro “La civilización del espectáculo”. Hay tantos requerimientos para nuestra atención que si algo no nos “engancha” enseguida, lo abandonamos, ya que nos acosa la inquietud de que nos estamos perdiendo otras muchas cosas. Por eso, un libro que engancha debe hacerlo sobre todo en las primeras frases, a la manera del anzuelo que se clava en la boca del pez atraído por el cebo. Así que todo novelista actual con pretensiones de triunfar se esfuerza por perpetrar un arranque impactante; eso es lo que se lee en las librerías cuando se  ojea un libro. Pero para que el libro siga enganchando, su acción no debe decaer, debe envolverte en su dinámica sin permitir evadirte ni reflexionar; debe convertirte en un espectador pasivo. Por ahí van los Best Sellers, la delicia de la literatura de evasión para el gran público de nuestros días. Importa más la capacidad de distracción que la calidad, al menos para decantar un volumen generoso de ventas.

¿Quién tiene hoy la paciencia de sentarse cómodamente a leer una obra de calidad esperando encontrar en ella planteamientos y visiones del mundo que aporten un enriquecimiento a la propia existencia? Muy pocos. Hoy no se quiere saber nada porque se cree que no hay nada que saber. Se trata simplemente de disfrutar el tiempo presente de la misma manera que se consume un dulce o una copa. Se trata de entretenerse, no de crecer.

Hay algo, sin embargo, que llama la atención en la novela actual, algo aparentemente contradictorio con esta cultura del entretenimiento. Son las técnicas narrativas que alteran y dificultan el seguimiento cómodo del relato. Se trata de la fragmentación y recomposición de la línea temporal, de la aparición de diferentes narradores o puntos de vista, de la mezcla de relatos que pueden confluir o no en algún punto, etc. Todo ello, salvo un empleo inteligente de los recursos, que se da pocas veces, contribuye a hacer la lectura engorrosa, a desorientar al lector, a obligarle a releer o tener una memoria de elefante, a completar en suma un puzle tanto más difícil cuanto más se ha espaciado la lectura. De esta manera se logra dar una sensación de complejidad y enjundia a relatos que muchas veces son insulsos, pero que al menos proporcionan al lector la oportunidad de distraerse intentando recomponer la historia y sentirse satisfecho de sí mismo cuando lo logra. Seguimos pues en la cultura del juego, del entretenimiento.

En cuanto a los contenidos, la actual literatura de usar y tirar sigue las mismas veleidades comerciales que la ropa, es decir, que se vuelven a poner de moda modelos que hacía tiempo no se cultivaban, como la novela policiaca, la romántica, la negra o la pornográfica, sin que añadan nada nuevo ni lleguen nunca a los niveles de calidad alcanzados en otras épocas. Afortunadamente para las editoriales, la población se renueva y toma como nuevo lo que ya tiene más años que el tebeo.

Libros que enganchan, pero sólo un momento, lo que dura su lectura, y después se olvidan; no como las obras que se incorporan a nuestro equipaje cultural  y permanecen siempre vivas en la memoria.

lunes, 3 de noviembre de 2014

¿REQUIEM POR EL LIBRO?

Al principio fueron las “tablillas de arcilla” los soportes de la escritura. En el inmediato futuro lo serán las “tablets”. Principio y final va de tabletas, analógicas primero y ahora digitales. La diferencia substancial es la cantidad de escritura contenida en el soporte, además de otros usos alucinantes de las últimas, tales que un acceso ilimitado a la información mundial o la capacidad de hacer y enviar fotos y videos a cualquier parte. Pero centrémonos en la escritura y contemplemos por un instante la evolución de sus soportes a lo largo de los tiempos. Pronto aparecieron los rollos de papiro, que permitían leer un texto desenrollándolos progresivamente. Aunque un poco incómodos de leer si no se apoyaban sobre una mesa, permitían marcar posiciones de lectura introduciendo un pequeño trozo de papiro en un borde del rollo. Luego llegaron los pergaminos, de piel fina, y con ellos el auge de los “libros” en su acepción común, compuestos por un conjunto de pliegos cosidos que había que ir pasando para progresar en el texto. También en ellos se podían dejar marcas de lectura como en los rollos de papiro, e igualmente que en ellos, hacer anotaciones en los márgenes del texto. Lo siguiente sería ya más de lo mismo, el reinado permanente del libro usando papel en vez de piel e imprenta en lugar de escritura manuscrita.

En la era digital, la pantalla electrónica ha substituido al papel en multitud de usos, y también, cómo no, en gran parte de los textos literarios. Para ellos, se concibió específicamente el lector electrónico, que permite almacenar cientos de libros digitales en un dispositivo pequeño y ligero. El “e-Reader “ se popularizó rápidamente en los últimos años, y ahora empieza a decaer cediendo su terreno a las “tablets”, más versátiles, en las que la función de e-Reader es sólo un complemento más. Permiten la visualización en color como ventaja, y como inconveniente una lectura más cansada que la de la “tinta electrónica” de los e-Reader. El que la tablet vaya ganando la batalla es una muestra más de la deriva de los lectores hacia la lectura breve, en tiempos perdidos, a menudo interrumpida por otras solicitaciones de las comunicaciones multimedia. Y a no ser que se dote pronto al e-Reader de otras funciones complementarias como el acceso a internet, pantalla en color, interactividad, etc., estaremos asistiendo a su muerte. Ya es difícil encontrarlos en los comercios, mientras que proliferan las tabletas, cada vez más pequeñas y manejables.

Pero ¿y qué pasa con el libro tradicional? Pues que sigue bajando su venta a favor del ebook, más barato y fácilmente pirateable. Hoy el 80% de los lectores descargan gratis los ebooks, bien porque son gratuitos en origen o porque los piratean. Empieza a producirse en el mercado del libro una revolución comercial que se inició con la música: la destrucción del mercado de las editoras, que han disfrutado siempre de pingües beneficios y explotado a los autores, los verdaderos productores de literatura.

Los autores que se autoeditan digitalmente son ya una marea imparable y las plataformas de comercialización de libros digitales admiten unos precios de venta ínfimos. Tantas ventajas han generado un exceso de oferta que hace casi imposible para un autor abrirse paso hacia el lector. En la cadena digital falla la promoción, siendo poco eficaz la llevada a cabo directamente por el autor en redes sociales y otras plataformas gratuitas de lectura crítica. Empiezan a verse intentos de establecer concursos y premios por parte de las plataformas de edición, pero son muy poco profesionales. Hoy por hoy, la demanda de libros digitales se centra sobre todo en los gratuitos. Es una llamada que no debería desoírse: la exigencia del acceso gratuito a la cultura. En ese sentido, empiezan a desarrollarse bibliotecas virtuales que pueden ser accedidas online, siendo un servicio municipal gratuito más, como las bibliotecas convencionales. Los libros de texto acabarán siendo substituidos por libros digitales, terminando con la época de las pesadas mochilas de los escolares y el escandaloso negocio de las editoriales en este sector. Las grandes enciclopedias como la británica, que ya lo hace, no se editarán en papel, y semanarios tradicionales como el Newsweek, de formato tan cómodo, salen ya sólo en digital. En cuanto a los periódicos, hay augures que profetizan su desaparición en papel para dentro de un par de décadas a más tardar, existiendo ya ediciones digitales gratuitas de los más importantes.  

La publicación tradicional ha resultado apresada por sus costes de producción y comercialización frente a lo digital, haciéndola inviable, a pesar de que las editoriales tradicionales se esfuerzan por mantener en el mercado digital unos precios altos paro no perjudicar demasiado al libro en papel.

Con este panorama hacia el futuro, ¿qué porvenir le espera al libro tradicional? Quizás tenga una muerte lenta, muy lenta, como la han tenido todos los soportes analógicos anteriores. Nadie publica hoy en tablillas de arcilla ni en rollos de papiro, aunque se conserven algunos en los museos. Los románticos del libro en papel defienden su valor como objeto que se puede tocar, oler incluso, regalar envuelto en bonito papel de colores. Como todo objeto, uno se puede sentir su propietario y amarlo en la medida de su valor literario enriquecido por unas cubiertas y un papel de lujo; lo puede convertir en un fetiche, en suma, pero la esencia, la razón de existencia del libro es su contenido. No se puede olvidar que más romantica que el libro era la carta manuscrita, y ha desaparecido de nuestras vidas substituida por el correo electronico y las diversas aplicaciones de mensajería, sin que la echemos de menos.

Y hablando de muertes, conviene relacionarlas con el contenido de los libros. Es evidente que publicaciones en papel como los libros de texto, las grandes enciclopedias y los diarios tienen los años contados, ya que los contenidos multimedia de las publicaciones digitales serán incorporados a ellos, permitiendo disponer de videos, fotos abundantes e incluso grabaciones sonoras, además de hipertextos e interactividad.  La incógnita que nos ocupa es el destino de la obra literaria, materializada exclusivamente en escritura. Aquí es donde se librará la batalla entre lo analógico y lo digital, en la que el precio de los libros será un factor decisivo. Por supuesto que el libro en papel puede adaptar considerablemente los costes, como ya se hace en las ediciones de bolsillo y se hizo en épocas anteriores de manera más drástica, comercializando libros al precio de un café, sin portada y en papel periódico. Claro que degradado el libro fetiche a estas ediciones baratas, se apreciará en él sólo el contenido, como en la edición digital.

El libro en papel no desaparecerá, como no desaparecerán las grandes bibliotecas nacionales cuya misión esencial es conservar todo lo que se ha publicado, y como no hubiera desaparecido la antigua Biblioteca de Alejandría, que albergaba  más de setecientos mil rollos de papiro y pergamino, de no haberla destruido los azares de la Historia.  Pero los nuevos libros irán cambiando de soporte progresivamente, de la misma manera que van cambiando los hábitos de lectura de la gente. Hábitos que pueden ser criticados como puede ser criticada la sociedad actual, centrada en el pasatiempo, lo banal, la dispersión.  El libro tradicional apunta a una época en que se practicaba la lectura sosegada y profunda, la meditación en el mundo narrado, el ejercicio de la imaginación en suma. De todo ello queda un público devoto todavía que esperemos que nunca desaparezca.

miércoles, 15 de octubre de 2014

LA IDENTIDAD Y EL SELFIE

A lo largo de los años de nuestro desarrollo, cada uno hemos construido una identidad interior, una conciencia de nosotros mismos. ¿Pero es ésa nuestra identidad real? Parece que no, y por eso figura inscrita en el templo de Apolo en Delfos, entre otras muchas máximas morales, la famosa “Conócete a ti mismo”, que implica que no es fácil conocer nuestra identidad real, hasta el punto de situarla como una meta a alcanzar. Es un misterio la intención original de la máxima ya que se puede interpretar desde diversas vertientes. Desde el pensamiento religioso se la interpreta como la profundización espiritual y el conocimiento de la relación del hombre con la divinidad. Sócrates, al que algunos atribuyen falsamente la paternidad de la máxima, le da una interpretación moral, muy acorde con la intención de las otras máximas, que son realmente principios éticos que se han incorporado después en mandamientos o leyes en diversas religiones. Siguiendo a Sócrates, la tarea de conocerse apunta hacia algo exterior a nosotros, algo distinto de nuestra subjetividad, de nuestra identidad interior, y se trata no de cómo nos conocemos sino de cómo nos conocen los demás, la sociedad. Esto supone un mirarnos desde el cristal de las normas sociales, de la ética y la cultura.

En una sociedad reducida, aldea o grupo primitivo, la gente se conoce por las interacciones que tienen lugar en el transcurrir de la vida en común. Pero el asunto se complica cuando la dimensión de grupo social es grande, limitándose el conocimiento a nuestra manifestación en actos públicos, conferencias, publicaciones, entrevistas, etc. Es entonces cuando la identidad se constriñe a determinadas características de la persona, las que se ponen en juego en la actividad pública.

Si hablamos de una persona sin especial significación social, su identidad exterior estaría definida en su círculo familiar, amigos, trabajo, etc. Y si gracias a las nuevas tecnologías ese círculo de conocidos se amplía enormemente, como sucede en las redes sociales, veremos aparecer una nueva identidad exterior sumamente frágil e incierta que se establece en base a los contenidos personales que volcamos en la red. Se trata de una identidad idealizada, manejada por el autor, una identidad de “personaje”. Y es aquí donde entran en juego con toda intensidad los conocidos “selfies”. Una imagen vale más que mil palabras, reza un antiguo proverbio chino refiriéndose a su valor descriptivo, sin sospechar el fenómeno actual del selfie en el que dicho valor queda reducido al de una máscara. Hoy que se ha perdido la capacidad de discurso, cuando lo que se escribe generalmente en las redes son frases cortas, descuidadas, comentarios avaros de palabras como si no tuviéramos tiempo de nada, el valor comunicativo del selfie, aunque falso, ha cobrado gran importancia para contribuir a la creación de nuestra identidad exterior. Pero el selfie es una gota, un reflejo de sol sobre el agua, que dura un instante aunque tenga intención de eternidad. Es más espontáneo que un autorretrato cuidado pero su contenido es mucho más efímero y engañoso.   

Vivimos tiempos en que la propia imagen ha acaparado no sólo la identidad exterior sino la interior, tiempos en que muchos se reconocen a sí mismos a través de sus imágenes digitales en la pantalla del smartphone. Y uno se pregunta si la máxima “conócete a ti mismo” no se ha quedado obsoleta, si existe un conocimiento más completo de uno mismo visto desde los ojos de los demás o cada vez esos ojos exteriores ven menos, menos incluso que uno mismo. La identidad se está disolviendo entre los bits de las nuevas tecnologías y vuelve a resurgir la vieja duda metafísica, ahora con menos contenido metafísico: ¿La realidad es sólo lo que vemos o existe un mundo desconocido del que surgen apariencias?

lunes, 6 de octubre de 2014

TARJETAS BLACK

Tarjetas opacas o tarjetas en negro, con un límite de 50.000 euros al año, o sea, más de cuatro mil euros al mes, fueron usadas a placer por 83 de los 86 consejeros de Caja Madrid durante nueve años. No había que justificar los gastos, que podían ser completamente personales. Tampoco tributaban. Sin distinción de partidos, fueron disfrutadas por miembros del PP, PSOE, IU, UGT y CCOO. Un buen complemento de sueldo en negro, un caso más de los escándalos de corrupción a los que vamos estando acostumbrados, que se producen en  todas partes y en todas las formaciones políticas. Y esto último es lo más lamentable, porque pone en evidencia el declive y la corrupción de las ideologías, que parecen ser usadas como arma al servicio de los intereses más bastardos, al servicio de la conquista del poder y el beneficio personal. La gente normal, los miles de afiliados y simpatizantes de los partidos políticos, son los incautos que se engañan con la palabrería de los líderes y sostienen con sus votos a los medradores que hace mucho tiempo abandonaron y traicionaron sus ideas. Llámese desencanto, conciencia de una realidad en la que todo funciona por el interés personal y en la que no adherirse a este principio es ser un ingenuo, tanto como esos militantes de base que siguen creyendo en los partidos. No nos engañemos, el asunto de los sobresueldos es una práctica extendida en el mundo empresarial, bien en dinero negro o prebendas de todos los tipos. Y si estás en la cúpula directiva de una empresa tienes que aceptar las reglas del juego o despertarás desconfianza. Hay toda una serie de prácticas como ésta que pasan por normales, por propias de la “inteligencia” empresarial, como son la evasión de impuestos y la colocación del capital en paraísos fiscales. Tonto el que no lo haga, parece rezar una máxima implícita. Podemos llamar a esto corrupción, aunque en el mundo de la empresa se lo califique de habilidad financiera. La mente del poder no se parece en nada a la mente del trabajador. El éxito para la primera es optimizar sus beneficios manipulando la ley, mientras que para la segunda es seguir manteniéndose a flote cumpliendo con las obligaciones fiscales que una justicia inmisericorde no permite eludir al que no tiene recursos.

miércoles, 1 de octubre de 2014

EL MITO DE LA CIGÜEÑA

Desde la terraza de mi casa, en tierra de cigüeñas, las contemplo de madrugada en sus nidos y luego en posaderos soleados, en los vértices de los tejados altos o en las antenas de televisión, en milagroso equilibrio sobre sus delgadas patas rojas. Allí se calientan impasibles enderezando su alta figura como quijotescas aves blanquinegras. Pronto emprenden el vuelo hacia los comederos en las orillas del rio y los campos de labranza. Sus largos picos rojos atrapan pececillos y ranas en la ribera o penetran la tierra buscando lombrices; en los campos, capturan insectos y pequeñas alimañas. Así pasan el día hasta el oscurecer, cuando regresan a sus asentamientos. Otra vez enderezan su figura en los posaderos, como si contemplaran serenas sus dominios, hasta que a la hora del sueño se instalan en los grandes nidos y duermen sobre una de sus largas patas, la otra plegada dentro del plumaje para conservar el calor, el cuello recogido sobre la espalda de semejante guisa.


Hace algunos días, al final del verano, volvieron de los campos en gran cantidad, todas juntas, sobrevolando la ciudad a gran altura. Planeaban con elegancia describiendo amplios círculos y finalmente se fueron posando en unos tejados altos. Conté más de treinta y se las veía muy inquietas, como si tramaran algo. No se instalaron en sus nidos y la noche las acogió en los tejados. De madrugada habían desaparecido dejando un enorme vacío en la pequeña ciudad. Habían emprendido su migración hasta el África subsahariana, después de muchos meses de plácida vida instaladas en los campanarios de las iglesias, habiendo entretanto incubado, criado y visto crecer a sus polluelos. Les bastó un breve ejercicio de vuelo de altura sobre la ciudad para emprender su aventura anual, atravesando las tierras de España hasta el estrecho de Gibraltar, volando de día y recorriendo cada jornada varios cientos de kilómetros sin demasiado esfuerzo. Gracias a las corrientes térmicas ascendentes producidas por el suelo calentado durante el día, y gracias a sus amplias alas batiendo lentas y majestuosas, las cigüeñas son empujadas a las alturas, dejándose caer después planeando en vuelo ligeramente inclinado hasta volver a elevarse otra vez . Pero la ruta es larga y a veces hay que hacer mucho esfuerzo cuando las térmicas son débiles o no existen, como sobre el mar, por lo que las cigüeñas jóvenes son las más propensas a lanzarse a la aventura mientras que las viejas prefieren quedarse en el sur de la península o incluso en sus nidos de cría durante todo el año. Son tristes las cigüeñas viejas, solitarias en los nidos, soportando el frío y la lluvia, esperando que llegue otra vez la primavera.
 
La llegada de las cigüeñas es el anuncio de la primavera, de la vida renaciendo. Llegan cuando empiezan a florecer los almendros, haciendo juego con su blancura. Son aves tranquilas, contemplativas, que viven junto al hombre como si fueran domésticas. No cantan pero tabletean el pico haciendo un ruido característico de carraca de variados tonos y cadencias. Son atentas cuidadoras del nido y la prole, emparejándose frecuentemente de por vida y empollando los huevos por turno, de la misma manera que atienden a la alimentación de las crías. Son sin duda parejas ejemplares. Nuestro país alberga más del noventa por ciento de todas las cigüeñas europeas, y por eso no es apropiado para nosotros el mito infantil moderno de que los niños vienen de París transportados en el pico por las cigüeñas, ya que son muy pocas las que nos llegan de allí, y llegan en otoño, de regreso a África. Lo más probable es que el mito tenga origen en el norte de Europa, al que llegarían en primavera las cigüeñas procedentes del valle del Sena, revestidas de resonancias románticas de la Ciudad de la Luz. Francia ostenta además un índice de natalidad superior al resto de países europeos en la ruta migratoria de las cigüeñas, por lo que la leyenda está llena de sugerencias. Tampoco hay que ignorar el simbolismo freudiano fálico de su rojo y largo pico, que recuerda la nariz de Pinocho.
Pero el mito tiene raíces muy antiguas. Muchos pueblos, como los egipcios, griegos y romanos, o los pueblos germánicos, han considerado sagradas a las cigüeñas, protectoras de la pareja, el embarazo y los recién nacidos. Esta tradición que las relaciona con los niños fue incorporada y desarrollada por Hans Christian Andersen en un cuento en el que la cigüeña madre explica a sus cigoñinos: "Sé dónde se halla el estanque en que duermen todos los niños chiquitines, hasta que las cigüeñas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos pequeñuelos sueñan allí cosas tan bellas como nunca más volverán a soñarlas... ". En alas del cuento, el mito se extendió por toda Europa y el mundo.
La utilidad del mito infantil se centra en la explicación puritana de la maternidad a los niños, que reclaman alguna explicación de tan insólito hecho. Hoy ya se explica a los infantes, en la medida de su capacidad cognitiva, la realidad biológica del asunto. Que el niño esté en la tripa de la mamá lo acaban entendiendo porque es evidente su tamaño, pero todo eso de la semillita que va creciendo y acaba convirtiéndose en un bebé les resulta  demasiado extraño y truculento, más que el cuento de Andersen. Es más sencillo y gratificante para el alma el mito que la ciencia.



sábado, 9 de agosto de 2014

APPLE STORE

Con gran expectación se abrió al público en Junio la nueva Apple Store de la Puerta del Sol, en el histórico edificio del nº 1, remodelado interiormente. Las multinacionales nos invaden y se van apoderando de nuestro patrimonio arquitectónico. Parafraseando a cierto político catalán, las multinacionales nos roban, no sólo los dineros sino la historia,  porque el susodicho edificio tiene una historia reciente muy significativa para los madrileños. Allí ha estado desde 1936 el famoso anuncio luminoso del “Tío Pepe”, encaramado en su azotea y presidiendo la vida madrileña como un símbolo del españolismo tópico (ese cantaor con cuerpo de botella y guitarra), casi tan español para los madrileños como el “Toro” de Osborne.

Pero Apple no podía estar debajo del “Tío Pepe”, por Dios, parecería una franquicia andaluza, sobre todo habida cuenta de las dimensiones del anuncio del vino. Así que hubo que cambiar el anuncio de lugar, al edificio del nº 11 de la plaza, quedando el del nº 1 limpio de polvo y paja, aséptico. Al menos, se ha conservado la arquitectura externa original, que data de finales del siglo XIX. Allí estuvo por entonces el famoso Café de la Montaña, escenario de tertulias literarias y políticas, que ocupaba la planta baja del edificio y se abría al exterior por 16 puertas que le dieron el apodo de “café de la pulmonía”. Fue allí donde  Valle Inclán perdió un brazo en una disputa a causa de un bastonazo que le dio su oponente, provocándole la fractura del hueso y una infección posterior que obligó a la amputación. Así de apasionado era el de las ilustres barbas, que había increpado al del bastón con la conocida frase “¿ y Ud. qué entiende de eso, majadero?”. Son historias chicas matritenses que hablan de otros tiempos en que no existían los ordenadores, ni los iPad, ni los iPod, ni los iPhone, que ahora se extienden encendidos sobre amplios mostradores en la gran sala diáfana del antiguo café.

Si Valle Inclán levantara la cabeza, sería ahora él quien la emprendiera a bastonazos, emulando a Don Quijote, contra ingenios tan poco literarios ocupando el espacio del Café de la Montaña. 

En aquellos tiempos a caballo de los siglos XIX y XX, la vida cultural y de ocio se centraba en los grandes cafés, donde tenían lugar acaloradas tertulias y discusiones. Allí se enteraba uno de lo que pasaba en la villa y en España, además de ser lugar de observación de toda la fauna humana de la época: antiguos congresistas, escritores de todos los pelos, artistas, actores, comerciantes, jóvenes calaveras, timadores, familias con jovencitas casaderas a la caza de un joven provechoso, etc., etc. Cada hora del día tenía su público concreto, siendo por la noche, hasta la madrugada, la hora de las tertulias vocingleras y apasionadas.

Hoy, esa realidad vivida de cuerpo presente ha desaparecido a favor del mundo virtual de las comunicaciones digitales, extenso en el espacio, más rico en información y más pobre en intensidad y contacto humano. ¿Qué será mejor? Apple asegurará que las nuevas tecnologías permiten una comunicación social  más rica y amplia, pero en la sala ahora desangelada del Café de la Montaña seguirá sonando el eco de la voz de Valle Inclán: ¿ y Ud. qué entiende de eso, majadero?

domingo, 29 de junio de 2014

RAMADÁN

Es el cuarto de los cinco pilares o principios fundamentales de la religión de Mahoma:  profesión de fe, oración, limosna, ayuno y peregrinación a La Meca. A los tres primeros nadie le pondría objeciones, pero el cuarto y quinto son singulares del Islam, aunque en el cristianismo hay un esbozo del cuarto relativo a la abstinencia y el ayuno, que deberá practicarse sobre todo en la Cuaresma y que ha quedado desfasado en su letra, ya que la carne, de la que habría que abstenerse algunos días, no es hoy el manjar más exquisito cuya privación suponga cierta penitencia. Podemos comer mariscos o deliciosos pescados que nada tienen que envidiar en suculencia a la carne, por no hablar del caviar, las angulas y otras delicatessen. Pero todos entendemos que donde se dice carne se quiere decir cualquier manjar selecto. En cuanto al ayuno cristiano, basta con hacer una sola comida al día el miércoles de ceniza y el viernes santo, si bien se puede tomar una ligera colación al desayuno y a la cena. Fácil penitencia, sin duda, casi simbólica. El Ramadán es más duro, pues exige, sin ningún tipo de contemplaciones, el ayuno durante un mes, el de Julio en la práctica, incluyendo hasta el beber agua o tener relaciones sexuales, aunque también tiene su trampa, pues la penitencia  se extiende desde la salida del sol hasta su puesta, pudiendo hartarse el fiel durante la noche de los más exquisitos manjares y placeres. Y de hecho así lo hacen, ya que es un mes de deleites sensuales, semejante a las fiestas navideñas de los cristianos. No es de extrañar pues que el Ramadán se aborde con alegría intensa y no con la humildad que conlleva el sacrificio. En realidad es una mezcla de austeridad y placer, una combinación perfecta para un epicúreo: el placer es mayor después de su carencia. Aunque el musulmán vive ambos aspectos religiosamente, como penitencia y recompensa. Y es que la religión musulmana es sensual, no se puede negar, lo mismo que su paraíso, repleto de bellas huríes y placeres de los sentidos. Tampoco hay que olvidar que el espíritu del ayuno diurno consiste en conseguir  un estado de conciencia desprendida de lo material que ayude al fiel a encontrar la presencia divina, aunque a la puesta del sol la abandone por los placeres materiales.

El Islam es una religión atrapada en la edad media, lo mismo que el cristianismo a pesar de los concilios renovadores, y que prospera, con mucho éxito, en pueblos en ese estado cultural atrasado. Sin embargo, no se diferencia del cristianismo en la fe sino en la práctica y sobre todo en considerar a Jesús como un profeta similar a Mahoma. Es más radical al considerar la unicidad de Dios sin separación en personas divinas ( Ah, el incomprensible misterio de la Trinidad que establece la divinidad de Jesucristo).

En la actualidad hay 2.200 millones de cristianos (entre católicos, protestantes y ortodoxos), 1.600 millones de musulmanes y 1.100 millones de personas sin filiación religiosa, además de otros grupos menores correspondientes a diversa religiones. Sobre una población total que ya supera los 7.000 millones, las personas con alguna filiación religiosa suponen el 84 % de la población mundial, y los creyentes en el Dios de las religiones reveladas o "del libro" (cristianos, musulmanes y judíos), alcanzan el 60 %. Nuestro Dios goza de buena salud todavía, y los musulmanes lo celebran con devoción y entusiasmo en el Ramadán.