jueves, 18 de diciembre de 2014

EL PEQUEÑO NICOLÁS

Pequeño ya no es, aunque sus peripecias sociales y mediáticas se remontan a la infancia, cuando lo era de verdad. Si tuviera treinta años, sus habilidades para despertar afectos y confianzas y para promover interrelaciones entre las personas le hubiesen situado en un puesto político preferente. Pero movido por su fantasía infantil, por la urgencia de sus impulsos adolescentes de poder, ha seguido atajos prematuros a título individual, sin encuadrarse en una organización política formal en la que hubiera desarrollado sus cualidades innatas. Es una pena –es un decir– que pudiendo haber sido un eminente golfo político se haya quedado en un golfillo con grandes aspiraciones personales dentro de un entramado confuso y difuso de la derecha corrupta. Pero lo más grande es que no se cree un delincuente, que no se siente culpable sino hábil dentro de un mundillo corrompido de hecho, de un mundo tan  habitual y contaminado como el aire que respiramos en las ciudades. Tiene carilla de bueno, casi angelical a veces, y hasta es capaz de despertar buenos sentimientos en aquellos con los que se relaciona y con los que aparece en las fotos. Unos cazan autógrafos de personas conocidas, pero Nicolás caza fotos simpáticas en compañía de políticos y empresarios, demostrando lo fácil que es arrimarse a las inseguras figuras del poder, pendientes casi exclusivamente de ellos mismos. Ha sabido traficar bien con esas dudosas influencias que pueden otorgar favores a terceros, ingenuas víctimas del timo de la estampita, es decir, del timo de comprar algo que es falso, cegados por la ambición. Aunque alguna vez haya funcionado el truco.
 
El pequeño Nicolás es un falso héroe infantil de nuestros días, un connaisseur de pequeña dimensión del entramado falto de escrúpulos éticos del poder político y económico de nuestra sociedad. Aunque en otro contexto, goza de las dudosas simpatías que en su día despertó “el Dioni”,conductor y secuestrador de un furgón blindado bancario, y que han despertado todos los estafadores y atracadores inteligentes que en el mundo han sido.
 
 

jueves, 27 de noviembre de 2014

QUEREMOS... Y NO “PODEMOS”

De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, se dice. Pero es bonito caminar mientras se mantiene la ilusión, porque sin ilusiones es muy dura la existencia. Cuando la clase política padece una diarrea severa que contamina todo lo que toca, se necesita un soplo de aire fresco que oree el ambiente. La clase política, la casta que llaman los recién llegados “we can”, está inmersa y obnubilada en su propia supervivencia, encerrada en su alcoba maloliente y ajena al mundo de la calle.

Hay que atajar la infección, todo el mundo está de acuerdo, pero no es fácil cuando el mal se ha hecho crónico. Y no bastan las buenas intenciones, el posibilismo ingenuo de los recién salidos de la facultad que estrenan bata blanca. Hay también mucha ambición en esos jovenzuelos dispuestos a cambiar ciegamente lo que haga falta, incluso sus propios planteamientos, para erigirse en jefes de clínica. Tampoco ellos están libres de virus, pues han crecido en un ambiente contaminado. Pero se les puede perdonar, porque si hay una cura del mal, tendrá que provenir de ellos, o de sus buenas intenciones.

No es fácil sanear las instituciones de un país cuando el cáncer de la corrupción se ha extendido por todas partes. Políticos, jueces, banqueros, empresarios, religiosos,  sindicalistas y otros más, han sido alcanzados en cierta proporción por la metástasis.

La duda es si basta querer para poder, porque no hay cura todavía para este ébola que es ya una epidemia. Ni siquiera, de momento, hay vacuna.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

LIBROS QUE "ENGANCHAN"


Es bastante corriente afirmar hoy, como expresión de valor,  que un libro te “engancha”. Y se supone que te engancha y no te suelta desde el principio al final, obligándote a leerlo de un tirón si tienes tiempo para hacerlo. La expresión es un síntoma de la cultura que nos invade, la del entretenimiento, la dispersión  y la superficialidad, como analiza Vargas Llosa en su último libro “La civilización del espectáculo”. Hay tantos requerimientos para nuestra atención que si algo no nos “engancha” enseguida, lo abandonamos, ya que nos acosa la inquietud de que nos estamos perdiendo otras muchas cosas. Por eso, un libro que engancha debe hacerlo sobre todo en las primeras frases, a la manera del anzuelo que se clava en la boca del pez atraído por el cebo. Así que todo novelista actual con pretensiones de triunfar se esfuerza por perpetrar un arranque impactante; eso es lo que se lee en las librerías cuando se  ojea un libro. Pero para que el libro siga enganchando, su acción no debe decaer, debe envolverte en su dinámica sin permitir evadirte ni reflexionar; debe convertirte en un espectador pasivo. Por ahí van los Best Sellers, la delicia de la literatura de evasión para el gran público de nuestros días. Importa más la capacidad de distracción que la calidad, al menos para decantar un volumen generoso de ventas.

¿Quién tiene hoy la paciencia de sentarse cómodamente a leer una obra de calidad esperando encontrar en ella planteamientos y visiones del mundo que aporten un enriquecimiento a la propia existencia? Muy pocos. Hoy no se quiere saber nada porque se cree que no hay nada que saber. Se trata simplemente de disfrutar el tiempo presente de la misma manera que se consume un dulce o una copa. Se trata de entretenerse, no de crecer.

Hay algo, sin embargo, que llama la atención en la novela actual, algo aparentemente contradictorio con esta cultura del entretenimiento. Son las técnicas narrativas que alteran y dificultan el seguimiento cómodo del relato. Se trata de la fragmentación y recomposición de la línea temporal, de la aparición de diferentes narradores o puntos de vista, de la mezcla de relatos que pueden confluir o no en algún punto, etc. Todo ello, salvo un empleo inteligente de los recursos, que se da pocas veces, contribuye a hacer la lectura engorrosa, a desorientar al lector, a obligarle a releer o tener una memoria de elefante, a completar en suma un puzle tanto más difícil cuanto más se ha espaciado la lectura. De esta manera se logra dar una sensación de complejidad y enjundia a relatos que muchas veces son insulsos, pero que al menos proporcionan al lector la oportunidad de distraerse intentando recomponer la historia y sentirse satisfecho de sí mismo cuando lo logra. Seguimos pues en la cultura del juego, del entretenimiento.

En cuanto a los contenidos, la actual literatura de usar y tirar sigue las mismas veleidades comerciales que la ropa, es decir, que se vuelven a poner de moda modelos que hacía tiempo no se cultivaban, como la novela policiaca, la romántica, la negra o la pornográfica, sin que añadan nada nuevo ni lleguen nunca a los niveles de calidad alcanzados en otras épocas. Afortunadamente para las editoriales, la población se renueva y toma como nuevo lo que ya tiene más años que el tebeo.

Libros que enganchan, pero sólo un momento, lo que dura su lectura, y después se olvidan; no como las obras que se incorporan a nuestro equipaje cultural  y permanecen siempre vivas en la memoria.

lunes, 3 de noviembre de 2014

¿REQUIEM POR EL LIBRO?

Al principio fueron las “tablillas de arcilla” los soportes de la escritura. En el inmediato futuro lo serán las “tablets”. Principio y final va de tabletas, analógicas primero y ahora digitales. La diferencia substancial es la cantidad de escritura contenida en el soporte, además de otros usos alucinantes de las últimas, tales que un acceso ilimitado a la información mundial o la capacidad de hacer y enviar fotos y videos a cualquier parte. Pero centrémonos en la escritura y contemplemos por un instante la evolución de sus soportes a lo largo de los tiempos. Pronto aparecieron los rollos de papiro, que permitían leer un texto desenrollándolos progresivamente. Aunque un poco incómodos de leer si no se apoyaban sobre una mesa, permitían marcar posiciones de lectura introduciendo un pequeño trozo de papiro en un borde del rollo. Luego llegaron los pergaminos, de piel fina, y con ellos el auge de los “libros” en su acepción común, compuestos por un conjunto de pliegos cosidos que había que ir pasando para progresar en el texto. También en ellos se podían dejar marcas de lectura como en los rollos de papiro, e igualmente que en ellos, hacer anotaciones en los márgenes del texto. Lo siguiente sería ya más de lo mismo, el reinado permanente del libro usando papel en vez de piel e imprenta en lugar de escritura manuscrita.

En la era digital, la pantalla electrónica ha substituido al papel en multitud de usos, y también, cómo no, en gran parte de los textos literarios. Para ellos, se concibió específicamente el lector electrónico, que permite almacenar cientos de libros digitales en un dispositivo pequeño y ligero. El “e-Reader “ se popularizó rápidamente en los últimos años, y ahora empieza a decaer cediendo su terreno a las “tablets”, más versátiles, en las que la función de e-Reader es sólo un complemento más. Permiten la visualización en color como ventaja, y como inconveniente una lectura más cansada que la de la “tinta electrónica” de los e-Reader. El que la tablet vaya ganando la batalla es una muestra más de la deriva de los lectores hacia la lectura breve, en tiempos perdidos, a menudo interrumpida por otras solicitaciones de las comunicaciones multimedia. Y a no ser que se dote pronto al e-Reader de otras funciones complementarias como el acceso a internet, pantalla en color, interactividad, etc., estaremos asistiendo a su muerte. Ya es difícil encontrarlos en los comercios, mientras que proliferan las tabletas, cada vez más pequeñas y manejables.

Pero ¿y qué pasa con el libro tradicional? Pues que sigue bajando su venta a favor del ebook, más barato y fácilmente pirateable. Hoy el 80% de los lectores descargan gratis los ebooks, bien porque son gratuitos en origen o porque los piratean. Empieza a producirse en el mercado del libro una revolución comercial que se inició con la música: la destrucción del mercado de las editoras, que han disfrutado siempre de pingües beneficios y explotado a los autores, los verdaderos productores de literatura.

Los autores que se autoeditan digitalmente son ya una marea imparable y las plataformas de comercialización de libros digitales admiten unos precios de venta ínfimos. Tantas ventajas han generado un exceso de oferta que hace casi imposible para un autor abrirse paso hacia el lector. En la cadena digital falla la promoción, siendo poco eficaz la llevada a cabo directamente por el autor en redes sociales y otras plataformas gratuitas de lectura crítica. Empiezan a verse intentos de establecer concursos y premios por parte de las plataformas de edición, pero son muy poco profesionales. Hoy por hoy, la demanda de libros digitales se centra sobre todo en los gratuitos. Es una llamada que no debería desoírse: la exigencia del acceso gratuito a la cultura. En ese sentido, empiezan a desarrollarse bibliotecas virtuales que pueden ser accedidas online, siendo un servicio municipal gratuito más, como las bibliotecas convencionales. Los libros de texto acabarán siendo substituidos por libros digitales, terminando con la época de las pesadas mochilas de los escolares y el escandaloso negocio de las editoriales en este sector. Las grandes enciclopedias como la británica, que ya lo hace, no se editarán en papel, y semanarios tradicionales como el Newsweek, de formato tan cómodo, salen ya sólo en digital. En cuanto a los periódicos, hay augures que profetizan su desaparición en papel para dentro de un par de décadas a más tardar, existiendo ya ediciones digitales gratuitas de los más importantes.  

La publicación tradicional ha resultado apresada por sus costes de producción y comercialización frente a lo digital, haciéndola inviable, a pesar de que las editoriales tradicionales se esfuerzan por mantener en el mercado digital unos precios altos paro no perjudicar demasiado al libro en papel.

Con este panorama hacia el futuro, ¿qué porvenir le espera al libro tradicional? Quizás tenga una muerte lenta, muy lenta, como la han tenido todos los soportes analógicos anteriores. Nadie publica hoy en tablillas de arcilla ni en rollos de papiro, aunque se conserven algunos en los museos. Los románticos del libro en papel defienden su valor como objeto que se puede tocar, oler incluso, regalar envuelto en bonito papel de colores. Como todo objeto, uno se puede sentir su propietario y amarlo en la medida de su valor literario enriquecido por unas cubiertas y un papel de lujo; lo puede convertir en un fetiche, en suma, pero la esencia, la razón de existencia del libro es su contenido. No se puede olvidar que más romantica que el libro era la carta manuscrita, y ha desaparecido de nuestras vidas substituida por el correo electronico y las diversas aplicaciones de mensajería, sin que la echemos de menos.

Y hablando de muertes, conviene relacionarlas con el contenido de los libros. Es evidente que publicaciones en papel como los libros de texto, las grandes enciclopedias y los diarios tienen los años contados, ya que los contenidos multimedia de las publicaciones digitales serán incorporados a ellos, permitiendo disponer de videos, fotos abundantes e incluso grabaciones sonoras, además de hipertextos e interactividad.  La incógnita que nos ocupa es el destino de la obra literaria, materializada exclusivamente en escritura. Aquí es donde se librará la batalla entre lo analógico y lo digital, en la que el precio de los libros será un factor decisivo. Por supuesto que el libro en papel puede adaptar considerablemente los costes, como ya se hace en las ediciones de bolsillo y se hizo en épocas anteriores de manera más drástica, comercializando libros al precio de un café, sin portada y en papel periódico. Claro que degradado el libro fetiche a estas ediciones baratas, se apreciará en él sólo el contenido, como en la edición digital.

El libro en papel no desaparecerá, como no desaparecerán las grandes bibliotecas nacionales cuya misión esencial es conservar todo lo que se ha publicado, y como no hubiera desaparecido la antigua Biblioteca de Alejandría, que albergaba  más de setecientos mil rollos de papiro y pergamino, de no haberla destruido los azares de la Historia.  Pero los nuevos libros irán cambiando de soporte progresivamente, de la misma manera que van cambiando los hábitos de lectura de la gente. Hábitos que pueden ser criticados como puede ser criticada la sociedad actual, centrada en el pasatiempo, lo banal, la dispersión.  El libro tradicional apunta a una época en que se practicaba la lectura sosegada y profunda, la meditación en el mundo narrado, el ejercicio de la imaginación en suma. De todo ello queda un público devoto todavía que esperemos que nunca desaparezca.

miércoles, 15 de octubre de 2014

LA IDENTIDAD Y EL SELFIE

A lo largo de los años de nuestro desarrollo, cada uno hemos construido una identidad interior, una conciencia de nosotros mismos. ¿Pero es ésa nuestra identidad real? Parece que no, y por eso figura inscrita en el templo de Apolo en Delfos, entre otras muchas máximas morales, la famosa “Conócete a ti mismo”, que implica que no es fácil conocer nuestra identidad real, hasta el punto de situarla como una meta a alcanzar. Es un misterio la intención original de la máxima ya que se puede interpretar desde diversas vertientes. Desde el pensamiento religioso se la interpreta como la profundización espiritual y el conocimiento de la relación del hombre con la divinidad. Sócrates, al que algunos atribuyen falsamente la paternidad de la máxima, le da una interpretación moral, muy acorde con la intención de las otras máximas, que son realmente principios éticos que se han incorporado después en mandamientos o leyes en diversas religiones. Siguiendo a Sócrates, la tarea de conocerse apunta hacia algo exterior a nosotros, algo distinto de nuestra subjetividad, de nuestra identidad interior, y se trata no de cómo nos conocemos sino de cómo nos conocen los demás, la sociedad. Esto supone un mirarnos desde el cristal de las normas sociales, de la ética y la cultura.

En una sociedad reducida, aldea o grupo primitivo, la gente se conoce por las interacciones que tienen lugar en el transcurrir de la vida en común. Pero el asunto se complica cuando la dimensión de grupo social es grande, limitándose el conocimiento a nuestra manifestación en actos públicos, conferencias, publicaciones, entrevistas, etc. Es entonces cuando la identidad se constriñe a determinadas características de la persona, las que se ponen en juego en la actividad pública.

Si hablamos de una persona sin especial significación social, su identidad exterior estaría definida en su círculo familiar, amigos, trabajo, etc. Y si gracias a las nuevas tecnologías ese círculo de conocidos se amplía enormemente, como sucede en las redes sociales, veremos aparecer una nueva identidad exterior sumamente frágil e incierta que se establece en base a los contenidos personales que volcamos en la red. Se trata de una identidad idealizada, manejada por el autor, una identidad de “personaje”. Y es aquí donde entran en juego con toda intensidad los conocidos “selfies”. Una imagen vale más que mil palabras, reza un antiguo proverbio chino refiriéndose a su valor descriptivo, sin sospechar el fenómeno actual del selfie en el que dicho valor queda reducido al de una máscara. Hoy que se ha perdido la capacidad de discurso, cuando lo que se escribe generalmente en las redes son frases cortas, descuidadas, comentarios avaros de palabras como si no tuviéramos tiempo de nada, el valor comunicativo del selfie, aunque falso, ha cobrado gran importancia para contribuir a la creación de nuestra identidad exterior. Pero el selfie es una gota, un reflejo de sol sobre el agua, que dura un instante aunque tenga intención de eternidad. Es más espontáneo que un autorretrato cuidado pero su contenido es mucho más efímero y engañoso.   

Vivimos tiempos en que la propia imagen ha acaparado no sólo la identidad exterior sino la interior, tiempos en que muchos se reconocen a sí mismos a través de sus imágenes digitales en la pantalla del smartphone. Y uno se pregunta si la máxima “conócete a ti mismo” no se ha quedado obsoleta, si existe un conocimiento más completo de uno mismo visto desde los ojos de los demás o cada vez esos ojos exteriores ven menos, menos incluso que uno mismo. La identidad se está disolviendo entre los bits de las nuevas tecnologías y vuelve a resurgir la vieja duda metafísica, ahora con menos contenido metafísico: ¿La realidad es sólo lo que vemos o existe un mundo desconocido del que surgen apariencias?

lunes, 6 de octubre de 2014

TARJETAS BLACK

Tarjetas opacas o tarjetas en negro, con un límite de 50.000 euros al año, o sea, más de cuatro mil euros al mes, fueron usadas a placer por 83 de los 86 consejeros de Caja Madrid durante nueve años. No había que justificar los gastos, que podían ser completamente personales. Tampoco tributaban. Sin distinción de partidos, fueron disfrutadas por miembros del PP, PSOE, IU, UGT y CCOO. Un buen complemento de sueldo en negro, un caso más de los escándalos de corrupción a los que vamos estando acostumbrados, que se producen en  todas partes y en todas las formaciones políticas. Y esto último es lo más lamentable, porque pone en evidencia el declive y la corrupción de las ideologías, que parecen ser usadas como arma al servicio de los intereses más bastardos, al servicio de la conquista del poder y el beneficio personal. La gente normal, los miles de afiliados y simpatizantes de los partidos políticos, son los incautos que se engañan con la palabrería de los líderes y sostienen con sus votos a los medradores que hace mucho tiempo abandonaron y traicionaron sus ideas. Llámese desencanto, conciencia de una realidad en la que todo funciona por el interés personal y en la que no adherirse a este principio es ser un ingenuo, tanto como esos militantes de base que siguen creyendo en los partidos. No nos engañemos, el asunto de los sobresueldos es una práctica extendida en el mundo empresarial, bien en dinero negro o prebendas de todos los tipos. Y si estás en la cúpula directiva de una empresa tienes que aceptar las reglas del juego o despertarás desconfianza. Hay toda una serie de prácticas como ésta que pasan por normales, por propias de la “inteligencia” empresarial, como son la evasión de impuestos y la colocación del capital en paraísos fiscales. Tonto el que no lo haga, parece rezar una máxima implícita. Podemos llamar a esto corrupción, aunque en el mundo de la empresa se lo califique de habilidad financiera. La mente del poder no se parece en nada a la mente del trabajador. El éxito para la primera es optimizar sus beneficios manipulando la ley, mientras que para la segunda es seguir manteniéndose a flote cumpliendo con las obligaciones fiscales que una justicia inmisericorde no permite eludir al que no tiene recursos.

miércoles, 1 de octubre de 2014

EL MITO DE LA CIGÜEÑA

Desde la terraza de mi casa, en tierra de cigüeñas, las contemplo de madrugada en sus nidos y luego en posaderos soleados, en los vértices de los tejados altos o en las antenas de televisión, en milagroso equilibrio sobre sus delgadas patas rojas. Allí se calientan impasibles enderezando su alta figura como quijotescas aves blanquinegras. Pronto emprenden el vuelo hacia los comederos en las orillas del rio y los campos de labranza. Sus largos picos rojos atrapan pececillos y ranas en la ribera o penetran la tierra buscando lombrices; en los campos, capturan insectos y pequeñas alimañas. Así pasan el día hasta el oscurecer, cuando regresan a sus asentamientos. Otra vez enderezan su figura en los posaderos, como si contemplaran serenas sus dominios, hasta que a la hora del sueño se instalan en los grandes nidos y duermen sobre una de sus largas patas, la otra plegada dentro del plumaje para conservar el calor, el cuello recogido sobre la espalda de semejante guisa.


Hace algunos días, al final del verano, volvieron de los campos en gran cantidad, todas juntas, sobrevolando la ciudad a gran altura. Planeaban con elegancia describiendo amplios círculos y finalmente se fueron posando en unos tejados altos. Conté más de treinta y se las veía muy inquietas, como si tramaran algo. No se instalaron en sus nidos y la noche las acogió en los tejados. De madrugada habían desaparecido dejando un enorme vacío en la pequeña ciudad. Habían emprendido su migración hasta el África subsahariana, después de muchos meses de plácida vida instaladas en los campanarios de las iglesias, habiendo entretanto incubado, criado y visto crecer a sus polluelos. Les bastó un breve ejercicio de vuelo de altura sobre la ciudad para emprender su aventura anual, atravesando las tierras de España hasta el estrecho de Gibraltar, volando de día y recorriendo cada jornada varios cientos de kilómetros sin demasiado esfuerzo. Gracias a las corrientes térmicas ascendentes producidas por el suelo calentado durante el día, y gracias a sus amplias alas batiendo lentas y majestuosas, las cigüeñas son empujadas a las alturas, dejándose caer después planeando en vuelo ligeramente inclinado hasta volver a elevarse otra vez . Pero la ruta es larga y a veces hay que hacer mucho esfuerzo cuando las térmicas son débiles o no existen, como sobre el mar, por lo que las cigüeñas jóvenes son las más propensas a lanzarse a la aventura mientras que las viejas prefieren quedarse en el sur de la península o incluso en sus nidos de cría durante todo el año. Son tristes las cigüeñas viejas, solitarias en los nidos, soportando el frío y la lluvia, esperando que llegue otra vez la primavera.
 
La llegada de las cigüeñas es el anuncio de la primavera, de la vida renaciendo. Llegan cuando empiezan a florecer los almendros, haciendo juego con su blancura. Son aves tranquilas, contemplativas, que viven junto al hombre como si fueran domésticas. No cantan pero tabletean el pico haciendo un ruido característico de carraca de variados tonos y cadencias. Son atentas cuidadoras del nido y la prole, emparejándose frecuentemente de por vida y empollando los huevos por turno, de la misma manera que atienden a la alimentación de las crías. Son sin duda parejas ejemplares. Nuestro país alberga más del noventa por ciento de todas las cigüeñas europeas, y por eso no es apropiado para nosotros el mito infantil moderno de que los niños vienen de París transportados en el pico por las cigüeñas, ya que son muy pocas las que nos llegan de allí, y llegan en otoño, de regreso a África. Lo más probable es que el mito tenga origen en el norte de Europa, al que llegarían en primavera las cigüeñas procedentes del valle del Sena, revestidas de resonancias románticas de la Ciudad de la Luz. Francia ostenta además un índice de natalidad superior al resto de países europeos en la ruta migratoria de las cigüeñas, por lo que la leyenda está llena de sugerencias. Tampoco hay que ignorar el simbolismo freudiano fálico de su rojo y largo pico, que recuerda la nariz de Pinocho.
Pero el mito tiene raíces muy antiguas. Muchos pueblos, como los egipcios, griegos y romanos, o los pueblos germánicos, han considerado sagradas a las cigüeñas, protectoras de la pareja, el embarazo y los recién nacidos. Esta tradición que las relaciona con los niños fue incorporada y desarrollada por Hans Christian Andersen en un cuento en el que la cigüeña madre explica a sus cigoñinos: "Sé dónde se halla el estanque en que duermen todos los niños chiquitines, hasta que las cigüeñas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos pequeñuelos sueñan allí cosas tan bellas como nunca más volverán a soñarlas... ". En alas del cuento, el mito se extendió por toda Europa y el mundo.
La utilidad del mito infantil se centra en la explicación puritana de la maternidad a los niños, que reclaman alguna explicación de tan insólito hecho. Hoy ya se explica a los infantes, en la medida de su capacidad cognitiva, la realidad biológica del asunto. Que el niño esté en la tripa de la mamá lo acaban entendiendo porque es evidente su tamaño, pero todo eso de la semillita que va creciendo y acaba convirtiéndose en un bebé les resulta  demasiado extraño y truculento, más que el cuento de Andersen. Es más sencillo y gratificante para el alma el mito que la ciencia.