lunes, 27 de abril de 2015

TÍTULOS PARA NO LEER EL LIBRO

Escribir un buen título es un arte cuyo poder actúa en el inconsciente despertando sugerencias. Un buen título puede considerarse como un micro-relato que resume una historia extensa y predispone a su lectura. Pero no todos los títulos poseen esta cualidad, y de hecho hay títulos de obras clásicas muy sencillos, un simple nombre propio o común como “Hamlet”, “Romeo y Julieta”, “Los miserables”  o “El jugador”. Otros son descriptivos de la trama, como “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz, “La insoportable levedad del ser” de Kundera o “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll. Algunos son poéticos y sugerentes, y entran en la categoría de los buenos títulos mencionados al principio, como “Las flores del mal” de Baudelaire o “Los árboles mueren de pie” de Casona. Hay otros, sin embargo, que buscan sugerencias no literarias, la mayor parte de las veces con descarada intención comercial. Son libros recientes, inmersos en la actual cultura del entretenimiento banal, y es recuente en ellos el deseo de llamar la atención usando expresiones absurdas, metáforas mal construidas, lenguaje cotidiano y frases hechas que buscan la complicidad con un lector poco exigente. Y con tales mimbres se acaban perpetrando títulos que son para echarse a reír… o a llorar. En cualquier caso, para no leer el libro. Veamos algunos ejemplos:

LA PIRÁMIDE INMORTAL, de Javier Sierra. Tendremos que dar por sentado que todas las pirámides son mortales y lo excepcional de la historia es que trata de una pirámide que no lo es. Aunque en realidad el asunto va de Napoleón, que pasa unas horas aislado dentro de la pirámide y es llevado por fuerzas esotéricas a elegir entre seguir siendo mortal o acceder a la inmortalidad. ¡Toma ya! Si al menos el título fuese “La pirámide de la inmortalidad”  se podría perdonar al autor el título (sólo el título).

LA VOZ INVISIBLE, de Gisela Pou. Yo creía que todas las voces eran invisibles, que sólo eran audibles, pero la autora intenta una metáfora desafortunada para hablar de las enfermeras, esos seres a menudo invisibles o desapercibidos que tanto bien hacen, sin embargo.

MI COLOR FAVORITO ES VERTE, de Pilar Eyre. Juego con el equívoco entre las palabras “verde” y “verte”, pero aparte de eso, uno no puede imaginar que ver a una persona querida pueda asimilarse a ver un color, por fascinante y favorito que sea. Que ya sabemos que los colores despiertan sentimientos, pero son demasiado suaves y ambientales como para compararlos con ver a una persona amada. Dicho en plata, que la protagonista prefiere ver a esa persona que a su color favorito (S.O.S.).

EL MAPA DEL CAOS, de Félix J. Palma. Bien, ahora sabemos que se puede encerrar el caos en un papel. Siempre se ha creído que el caos era algo inquieto y sin perfiles, algo esencialmente inestable y cambiante, pero parece que hay quien puede representarlo en un mapa y tenerlo controlado y congelado. Lo que sí podría hacerse es representarlo en video, de manera aproximada, como un gas compuesto por infinidad de partículas en movimiento desordenado y constante. En fin, no merece la pena leer el libro entero para intentar indultar la fallida metáfora. Aunque pensándolo mejor, quizás el título alude al maremágnum de la trama, a un auténtico caos de argumento y personajes, cuyo mapa es sin duda el propio libro.

DIOS NO TIENE TIEMPO LIBRE, de Lucía Etxebarría. Cualquiera sabe a qué alude el título, como no sea que Dios pasa de esta comedia de enredo, de mentiras y apariencias, todo un embrollo entre personajes, sentimientos e intereses.

COMIENDO SONRISAS A SOLAS, de Tadea Lizarbe. Difícil habilidad esa de comerse la sonrisa, supongo que es morderse los labios para evitar sonreír, en un ejercicio ambivalente de placer-dolor intimista. Pues muy bien, el que te entienda que te compre.

EL CORDERO CARNÍVORO, de Agustín Gómez Arcos. Dramática metáfora para aludir a una relación incestuosa entre dos hermanos varones. ¡Horror! No consigo imaginarme a un cordero comiendo pajaritos o topillos.

PERDONA PERO QUIERO CASARME CONTIGO, de Federico Moccia. Paradigma de los títulos escritos con habla simplona y letra infantil, destinados a un público adolescente. Y sin embargo, todo un éxito de ventas millonarias y sintonía con el público juvenil, lo cual no quita para ser un mero fenómeno comercial al uso, en este caso de tipo romántico y pastelero.

MÚSICA PARA FEOS, de Lorenzo Silva. Existe música para jóvenes, para ancianos nostálgicos, para niños, etc., pero es una novedad la música para feos, y se supone que debería haber una música para guapos, siendo lo normal una música para gente de belleza media. Es difícil encontrar una justificación del título  que no sea un señuelo sin sentido para llamar la atención.



ASÍ EMPIEZA LO MALO, de Javier Marías.  Dan ganas de preguntarle a J.M. a qué malo se refiere, porque la frase no significa nada si no hay un referente concreto. Es semejante a decir “al gato le molestaba la presencia ” u otras muchas frases sin sentido en sí mismas.  Claro que indagando en las confusas tramas a que nos tiene acostumbrados el autor, que con mucha frecuencia nos sumen en el sopor y el abandono de la lectura, sospechamos que lo malo se refiere al libro, que empieza así, con ese título malo. 

domingo, 19 de abril de 2015

LEÓN COME GAMBA


Claro sucesor de la autora del casi olvidado fenómeno del Ecce Homo de Borja, por su impacto mediático, regocijo y ludibrio del personal ocioso y posmoderno de nuestros días, el joven de 18 años y concursante de Master Chef, Alberto, ha protagonizado un inesperado suceso que ha puesto en entredicho el mecanismo del que ha resultado ser otro concurso típico más, disfrazado en este caso de cultura gastronómica. Porque en él se han utilizado los mismos recursos y artimañas que buscan conseguir audiencia por encima de cualquier otro valor. Así, desde el principio de esta edición, se dio protagonismo al peculiar concursante, muy amanerado, que no podía dejar de llamar la atención con su afeminamiento y tontería. Después de algún éxito con sus decorativos "emplatados", fue expulsado bruscamente y sin deliberación por su plato “león come gamba”, una patata decorada, que desde su mentalidad pueril y desconectada de la realidad debió parecerle ingenioso. El jurado, sin embargo, lo consideró, o simuló considerarlo para armar  escándalo y levantar la audiencia, como una tomadura de pelo, como una ofensa a sus personas  y al resto de concursantes que se afanaban en sus creaciones de alta cocina. El pobre Alberto, con su emotividad de niña de cinco años, ingenua víctima utilizada por el programa, acabó sumido en sollozos incontenibles en brazos de la juez femenina, Samantha.

No es que el muchacho sea tonto, al menos intelectualmente, ya que es estudiante de medicina y probablemente se licenciará como médico, pero su sensibilidad hipertrofiada parece hacerle vivir en un mundo paralelo. Y a eso se han agarrado los genios de la cocina de Master Chef para exacerbar los ánimos, para sembrar polémica, sin tener en cuenta la delicada personalidad del concursante y el drama que supuso para él tomar conciencia repentinamente de su ridículo. Claro que a la larga quizás le sea útil el  escarmiento.

Esto de la hipersensibilidad está de moda en estos tiempos de "pensamiento débil", y sentimiento débil tambien, y se hizo evidente en los medios cuando aparecieron, años atrás, los concursos del Gran Hermano. En este concurso tenemos también a un campeón de karate al que se le saltan las lágrimas al menor descuido, y parece que eligieran a los concursantes para hacer contrapunto con la inflexibilidad y dureza estudiadas de los jueces, que exhiben un  autoritarismo de formas que raya a veces en la mala educación y el maltrato. Pero ese es el juego, el juego del sometimiento del concursante. El espectáculo a costa de los ingenuos aspirantes a cocineros es lo que manda, todo sea por el rating.

miércoles, 8 de abril de 2015

LITERATURA GRATIS: UNA REVOLUCIÓN PENDIENTE

En un artículo anterior, “La ecuación perversa del mercado”, vimos como la búsqueda del máximo beneficio económico de las empresas editoriales ha conducido, por medio del marketing, a la difusión de una literatura mediocre y a su imposición como referencia de calidad y objeto privilegiado de consumo.

Ahora, intentaremos encontrar una solución distinta de aquella ecuación que llamamos perversa y que establecía como valor de partida de una de sus variables el máximo beneficio editorial. La ecuación era una función de tres variables: beneficio editorial, calidad literaria y coste del marketing. Veíamos que una obra inédita de poca calidad que excitara las pulsiones más básicas del público, fácil de encontrar entre la inmensidad de autores que sueñan con escribir best-sellers y hacerse millonarios, acompañada de una inversión grande en publicidad, producía un gran volumen de ventas y por tanto unos ingresos substanciosos para la editorial, a pesar de un precio de venta contenido para un tocho de mil páginas.

Supongamos ahora que el precio de venta hay que disminuirlo de manera drástica debido a la competencia, y con él el beneficio de la editorial, que tendrá que reducir los costes de publicidad al máximo (se incluyen aquí los famosos y sustanciosos premios amañados), lo que a su vez disminuirá el volumen de ventas. Se acabó el negocio editorial, se acabó el sueño de los escritores que aspiraban a ser millonarios escribiendo best-sellers, se acabó la calidad literaria pésima que excitaba las pulsiones más primitivas de los lectores, se acabó la literatura de usar y olvidar. ¿Quién escribiría entonces?

Un primer efecto de establecer a mínimos la variable precio en la ecuación del mercado es que disminuirá drásticamente el número de escritores, quedando en activo sólo aquellos que escriban por pura vocación literaria, a pesar de cualquier condición del mercado, a pesar de tener que buscarse la vida por otra parte. Quedarán sólo aquellos para los que escribir es algo que hay que hacer a pesar de todo.

Disminuiría así considerablemente el número de obras escritas y sería fácil encontrar las más valiosas, bien en las librerías o mediante el boca a boca. No haría falta el marketing, sirviendo de orientación la crítica especializada también vocacional y no retribuida (por las editoriales).

¿Para qué sirve tener en el mercado miles de libros casi clonados que se reparten la ignorancia y los euros de los lectores?  En España, el número de libros nuevos que se publican cada año es de alrededor de 50.000. ¿Es que alguien podría leerlos aunque empleara toda su vida? De ellos, ¿cuáles merecerían ser indultados de la hoguera? Quizás 100 y ya me paso. El resto no añaden nada a la cultura y sólo sirven para engrosar una poco más el negocio editorial.

En el siglo de oro español, aquel tiempo de esplendor literario, ¿cuántos libros se publicaban al año? No más de 50, y sin embargo entonces surgieron autores como Cervantes, Quevedo o Lope, que no nadaron en la abundancia precisamente debido a sus obras.

Pero por mucho que se quiera disminuir el precio de los libros, ahí están los costes editoriales y un mínimo de remuneración para las empresas que los producen. Claro que hoy se puede recurrir a la edición digital, prácticamente gratis. Aquí está el arma que permite invertir la ecuación perversa del mercado. Si hay autores que publican gratis en digital, por el mero placer de difundir sus obras, la gente renunciará a leer otras obras en papel, e incluso en digital con precio relativamente alto, si la diferencia de calidad no es muy grande. En cualquier caso, los precios irán a la baja de manera importante. Siempre le quedará a las editoriales el pequeño negocio de reeditar libros de lujo para regalo, para los coleccionistas o fetichistas del libro. Todavía se fabrican mecheros de lujo aunque existan las cerillas.

La conclusión de este artículo es que hay que retirar del mercado a aquellos autores que especulan con ganar dinero, los ministros del best-seller, los que venden millones de ejemplares. No será fácil porque el campo literario está sembrado con mala hierba por las editoriales, con la hierba del entretenimiento banal y la insignificancia. La revolución cultural que devolverá la calidad y el valor a la literatura tiene que pasar por un movimiento de escritores que puedan autopublicarse gratis y escriban por mera vocación, por necesidad de expresarse y de crear, alentados en el peor de los casos por esa farsante llamada fama, que prefiero llamar reconocimiento público y que mantendrá en forma su capacidad creativa. Es la ley de la demanda: si hay suficiente oferta gratis, los precios caerán sin remisión y las editoriales verán acabarse su negocio. En esa revolución jugará un papel de primer orden la crítica desinteresada, vocacional también, que encuentra su razón de ser en descubrir para el público aquellas obras que enriquecen el acervo cultural. Habría que dar forma en las redes sociales a ese movimiento cultural revolucionario de autores y críticos altruistas, de manera que los lectores acudieran a su espacio para informarse y descargar sus libros.

Para los idealistas que pensamos que la cultura es un patrimonio común –pues incluso el creador no parte de la nada, sino de toda la obra anterior a él–, el negocio editorial no puede parecernos sino inmoral. Tampoco creemos que el acicate económico puede mejorar la creatividad del autor; al contrario, le empujará a una mayor producción pero de peor calidad. No hay más que ver tantas obras de autores reconocidos que nunca alcanzan el nivel de aquella que les hizo famosos, y que siguen medrando a costa de aquel dicho: “hazte famoso y échate a dormir”.

viernes, 20 de marzo de 2015

LA TUMBA DE CERVANTES

Parece que la alcaldesa Botella, antes de su cercana despedida (ya era hora) pretende inaugurar (Dios no lo quiera) un monumento o urna con los restos de Cervantes en la madrileña Iglesia del convento de las Trinitarias, donde consta documentalmente que fue enterrado el insigne escritor. Pero el hecho es que la actual iglesia no es la antigua donde fue enterrado Cervantes, sino que se construyó otra nueva en el mismo lugar. Además, los restos estuvieron en paradero desconocido en el convento durante cien años, junto con otros muchos, debido al desalojo de los enterramientos de la cripta, que fueron confiados a las monjas. Probablemente sufrieron traslados interiores y reducciones a lo largo de los años, si es que algunos no se perdieron. Una vez construida la nueva iglesia, se depositaron en su cripta los restos de la primitiva, ubicando los más antiguos, entre ellos posiblemente los de Cervantes y su mujer, en el subsuelo, formando un pequeño osario común de al menos diecisiete esqueletos. En diferentes ocasiones, se intentaron localizar los restos del escritor sin éxito, hasta hoy que se han llevado a cabo los trabajos arqueológicos y antropológicos más completos y avanzados. Pero no hay certeza de nada, ya que los huesos están muy deteriorados y es muy difícil hacer pruebas de ADN que permitan aislar un conjunto de huesos pertenecientes a un mismo esqueleto. Además, el único familiar cuyo enterramiento consta es su hermana, formando parte también sus restos de un gran osario común en Alcalá de Henares, dificultando aún más una necesaria comparación. Así que la única certeza es la documental, la de su enterramiento en la antigua iglesia del convento de las Trinitarias, hoy desaparecida.

Pero es que la misma suerte han corrido sus ilustres coetáneos del siglo de Oro, Lope de Vega, Quevedo y Calderón. Sus restos sufrieron múltiples peripecias y traslados, destrucciones e incendios en la Guerra Civil, acabando en osarios mezclados con otros restos y no siendo posible identificar más que unos pocos huesos en el mejor de los casos.

No cabe duda de que levantar una tumba al Príncipe de los Ingenios hubiese sido un orgullo para nosotros y motivo de visita por los visitantes de cualquier país, como lo es la tumba de William Shakespeare en la Holy Trinity Church de Stratford-upon-Avon, quien por cierto fue enterrado apenas un mes después que Cervantes. Pero ya se sabe que los ingleses son mucho más cuidadosos con su historia y su legado. A nosotros nos puede el abandono, la incultura y el afán destructivo, aunque luego se nos despierte el orgullo y queramos levantar monumentos a lo que ya se ha perdido.  

Que se vaya ya la alcaldesa, que se aplace cualquier intento de inaugurar urnas y monumentos hasta que, si fuera posible, a costa de mucho dinero, se puedan identificar fehacientemente los huesos del escritor. Y siempre nos quedará el sinsabor de que se ha perdido definitivamente el lugar exacto donde fue enterrado. Shakespeare sí ha permanecido en su sitio, e incluso dejó en su epitafio una advertencia:

 
Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito sea el hombre que respete estas piedras
y maldito el que remueva mis huesos.

 
Hay muchos que se quejan aquí, en efecto, de andar removiendo los restos de Cervantes, pero lo cierto es que ya los removió hasta la saciedad nuestra azarosa historia. Ahora se trataría simplemente de identificarlos.

martes, 17 de marzo de 2015

LA ECUACIÓN PERVERSA DEL MERCADO

Cuando la literatura  era cosa de unos cuantos autores, hace apenas algo más de un siglo, la orientación comercial de los géneros era clara. Había folletines destinados al gran público, en ediciones baratas o por entregas, y obras de calidad literaria destinadas a una minoría más culta. No existían  por entonces estrategias agresivas de marketing ni campañas mediáticas que manipularan los gustos y demandas de los lectores, y lo que se compraba estaba a la vista y era conocido a través de otros lectores. Hoy existen cientos de miles de escritores y resulta imposible elegir a alguno si no lo destacan los medios de publicidad.
En nuestra época, la mercadotecnia invade todos los espacios mediáticos creando tendencias y definiendo lo que hay que comprar. La literatura se inscribe en el mundo de los artículos de ocio y consumo, haciendo que forme parte de todas esas cosas que hay que poseer para estar al día y poder relacionarte con los demás.
Al ser el marketing un instrumento de la empresa, en este caso de la empresa editorial, es claro que está orientado a fomentar el mayor negocio posible de la misma. Este origen corrupto de la publicidad, en todos sus usos, la aleja de las virtudes del consejo o de la evaluación crítica. Una buena campaña publicitaria vende, al margen de la calidad del producto. Es el efecto placebo: si creemos que algo cura, nos hará un poco de bien por contagio sicológico. Si nos insisten desde los medios que un autor o una novela ha ganado no sé cuántos premios, ¿quién se atreve a llevar la contraria a los jurados y críticos expertos? Acabaremos pensando que somos nosotros los que no entendemos de literatura y nos esforzaremos, a fuerza de relecturas, en tratar de extraer algún jugo del bodrio en cuestión.
Igual pasa con las nuevas tecnologías. Las empresas necesitan crear nuevas necesidades en los consumidores para seguir manteniendo un ritmo alto de producción y beneficio. Es preciso renovar los usos de comunicación, añadir nuevas prestaciones a los aparatos, aunque sean innecesarias, potenciar lo lúdico. Y lo malo es que si persistimos en nuestros antiguos aparatos, suficientes para nuestras necesidades, contemplaremos cómo ya no soportan las nuevas aplicaciones ni nadie los repara cuando se estropean. A eso se le llama obsolescencia, algo tan viejo como la industria misma, aunque antiguamente se limitaba a programar una vida útil de los aparatos, como las bombillas, al cabo de la cual se fundían y había que poner otras iguales, aunque podrían haber durado decenas de años más. Ahora la obsolescencia es más sutil y más rápida, ya que es por lanzamiento de nuevos productos y por la presión comercial al consumidor para estar a la última.
Pero lo malo de todas estas técnicas de mercado es que, sin pretenderlo directamente, van condicionando los usos de la gente según una ecuación perversa: lo primario, lo inmediato, lo instintivo, es lo común a la mayor parte de la gente, y hacia ese objetivo irá enfocado el marketing, construyendo un medio cultural y de consumo empobrecido, banal, en el que las posibilidades de crecer personal y culturalmente se van esfumando.
En una época como la actual, donde las ideologías y las creencias han sido substituidas por el entretenimiento, acompañado por la despreocupación frente a lo trascendente, o incluso lo futuro, todos estos gadgets tecnológicos y géneros literarios de usar y olvidar agarran con fuerza entre la gente y ocupan el espacio de conciencia que nadie va a poder llenar ya de cultura y relaciones humanas enriquecedoras. Pasar el rato, pasar la vida entretenidos, esa es la solución donde nos conduce la ecuación perversa del mercado. Dejar en sus manos las posibilidades de crecimiento personal de la gente es la otra perversión de nuestros días, y esa es una perversión política, neoliberal. Sí, no es sólo la eterna corrupción económica la que debe preocuparnos a pesar de estar extendida por toda la estructura social, porque ésta deriva de la otra, de la perversión moral que supone permitir al insaciable capital condicionar los usos, la cultura y la conciencia de las gentes.

 

viernes, 6 de marzo de 2015

LA DESTRUCCIÓN DE LA CULTURA

Ayer se ha producido la destrucción de los restos arquitectónicos de la ciudad asiria de Nimrud, a orillas del Tigris. El Estado Islámico ha empleado maquinaria pesada de obras para devastar el emplazamiento, arrasando muros y estatuas. Hace pocos días, el museo de Mosul, también en Irak, fue  escenario de la destrucción de piezas escultóricas de gran tamaño, si bien la impermeabilidad informativa de la zona impide conocer con exactitud si se trata de piezas originales o copias, siendo la única fuente disponible un video grabado por el EI y difundido dentro de su campaña terrorista mediática.  También parece que se han destruido parcialmente los gigantescos toros alados de una de las puertas de la ciudad asiria de Nínive, en las afueras de Mosul. y se han quemado gran cantidad de manuscritos de su biblioteca. Ya en 2001 asistimos en Afganistán a la demolición con explosivos de los Budas de Bamiyán por parte de los talibanes.

En todas las zonas en conflicto se han producido saqueos de los bienes culturales, si bien se tratan de objetos de pequeño tamaño, de fácil venta en el mercado negro internacional. En ambos casos, obras escultóricas o piezas arqueológicas, se evidencia un desprecio de los extremistas islámicos por las culturas anteriores al Islam. Este fenómeno no es, sin embargo, nuevo en la historia, sino algo recurrente a lo largo de los siglos. Con frecuencia, una civilización conquistadora destruye las obras arquitectónicas y escultóricas de otra civilización conquistada por considerarlas un símbolo de poder que hay que eliminar. En el mejor de los casos, si se trata de arquitecturas notables, se reutilizan transformándolas, como la Basílica bizantina de Santa Sofía, trasformada en mezquita por los turcos al añadirle elementos decorativos y constructivos islámicos, como los cuatro minaretes. Más cerca en el tiempo, aquí en España nos atrevimos a construir una catedral renacentista dentro de la sin par Mezquita de Córdoba, que a su vez se había levantado sobre una basílica visigótica cristiana, que a su vez se había levantado sobre un templo romano pagano. Así es la marcha de la historia y las devastaciones que origina el poder. Claro que no hay que olvidar que el concepto de bienes culturales que hoy está instalado en la sociedad no existía de manera clara antiguamente, y el arte se interpretaba como símbolo y manifestación del poder.

Pero cuando las culturas son muy distantes en el tiempo, como es el caso del Irak musulmán y las culturas asiria y babilónica que le precedieron hace miles de años, no se trata ya de destruir símbolos de poder extinguidos que ya no amenazan a nadie, sino de un ataque directo al poder occidental actual y su cultura, que valora el arte antiguo y lo considera patrimonio de toda la Humanidad. Y les ayuda en su labor destructiva esa obsesión fundamentalista de que fuera del Islam todo es falso y no merece la pena que haya existido. El significado religioso prevalece abrumadoramente sobre otros valores como el arte o la piedad hacia los demás. Al igual que las ejecuciones, todos estos actos de barbarie son una provocación que pretende extender el terror y detener la injerencia de EEUU y Europa en los países islámicos, motivada por intereses económicos y acrecentada desde la guerra de Afganistán.  El Islam se siente amenazado por las “naciones de la Cruz”, como dicen ellos, y no les falta razón, porque aunque el amenazado directamente sea el petróleo que descansa bajo su suelo, la colonización occidental se infiltra sigilosamente modificando costumbres y creencias. Ya nos hemos olvidado de las distintas “primaveras árabes” que reclamaban democracia y sociedad del bienestar. ¿No fueron entonces para el fundamentalismo el principio de un movimiento de asimilación de la cultura occidental que amenazaba con socavar sus principios islámicos?

Parece que no debería tener sentido para los fundamentalistas la destrucción de bienes culturales, porque podían rentabilizar sus museos y monumentos atrayendo el turismo y obteniendo sustanciosos ingresos para el país. Pero el radicalismo islámico no es el país aunque quiera apoderarse de él, y el turismo parece ser para ellos una fuente de contagio de la cultura no islámica. Uno tiene la impresión de que ven el desarrollo económico como el mal propio de Occidente. Después de todo, también Jesucristo señalaba que el dinero era un estorbo para el espíritu y alentaba a sus discípulos a vivir en pobreza, pero nunca predicó la violencia sino el amor. Las dos religiones son hermanas, aunque mal avenidas por sus diferencias, como pasa en muchas familias.

Pero volviendo a la arqueología, cuántas veces hemos criticado que los museos de Londres, Berlín o Paris estén bien surtidos de antigüedades orientales procedentes del saqueo de otras épocas, aprovechando la incultura de los países de origen. Hoy la incultura  y el terror reina de nuevo de ellos, y la verdad, damos gracias muy a pesar nuestro de aquellos pillajes que al menos han salvado de la destrucción tantas obras de arte.

 

viernes, 27 de febrero de 2015

TRASPLANTE DE CABEZA

Lo llaman así impropiamente, aunque no estaría mal realizárselo literalmente a algunas personas fanáticas, cargadas de odio, instintos destructivos y desequilibrios peligrosos. Pero en realidad se trata del trasplante del cuerpo entero, suponiendo, como así debe ser, que la personalidad, la mente y la conciencia radican completamente en el cerebro. Claro que podría realizarse también un trasplante de cerebro, ubicando el del paciente en el cráneo de un recién fallecido que estaba sano. Pero resultaría muy raro mirarse al espejo después y no reconocerse la cara. Pase que no reconozcamos nuestras manos y pies o nuestra barriga, pero la cara ya es demasiado. Además, así a simple vista, parece más fácil cambiar una cabeza entera que no abrirla y cambiarle los sesos.

Trasplantar el cuerpo entero es el final de la serie de trasplantes cada vez más amplios a que puede someterse un paciente: trasplante de brazos, piernas, órganos internos, etc. Estableciendo comparaciones (odiosas siempre) con la reparación de un coche, ¿para qué andar cambiando, cuando el pobre está ya muy deteriorado, las ruedas, los frenos, los faros, los cables, los asientos, un alerón, etc., etc., cuando lo más cómodo es sacar el motor  y ponérselo a una mecánica nueva?

Y qué maravilla, en el caso de un humano, si su centro neurálgico está en buen estado, poder acoplárselo a un cuerpo joven, en plenitud muscular y reproductiva… Ah, el sueño de la eterna juventud. Claro que si las neuronas empiezan a fallar, sería patético saberse poseedor de tan pujante organismo y empezar a tener lagunas de memoria, fallos de coordinación de movimientos o de control de los esfínteres. Habría que armonizar el estado de las dos partes, cabeza y cuerpo, con lo que la juventud no resultaría tan eterna, aunque sí más prolongada.

Pues el asunto es que un neurocirujano italiano de Turín asegura que dentro de dos años podrán llevarse a cabo estas operaciones de trasplante. Ya se han realizado hace años en monos o perros, con relativo éxito, y parece ser que la técnica quirúrgica estaría perfeccionada y a punto en esa fecha. Habría que unir vasos sanguíneos de ambos individuos, tendones y músculos, asunto ya suficientemente complejo, pero lo que uno, en su ignorancia neurobiológica no acaba de asimilar es cómo se unirían las dos médulas espinales, esos haces de innumerables fibras nerviosas que relacionan todos nuestros órganos y terminaciones sensibles del cuerpo con los centros de proceso cerebral. Uno imagina que será imposible unir cada fibra con la correspondiente en las dos partes a ensamblar. Pero no debe ser así, ya que según dicen, se usará una especie de pegamento biológico que soldará las dos secciones de médula de cada sujeto. Esperemos que sean igual de gruesas y no quede una parte al aire, o que no se suelden un poco giradas entre sí. Tendría gracia que un callo en el dedo meñique del pie nos doliera en el dedo gordo, por no pensar cosas más extravagantes. No, no debe ser así la cosa, probablemente es menos complejo el asunto. Ellos sabrán.

Pero todo esto nos llena de perplejidad por la facilidad con que se puede intervenir en la naturaleza y modificar las estructuras biológicas configuradas a lo largo de cientos de millones de años en un proceso evolutivo muy complejo, por no decir casi sagrado desde algunos puntos de vista creacionistas o religiosos. ¿Hemos llegado a ser dioses? ¿Podemos cambiar la naturaleza tan impunemente? No sé, no sé, supongo que habrá que sacrificar a algunos seres humanos antes de que la dichosa operación pueda ser segura.

Se me viene a la memoria, con perdón por la ironía trágica, que los yihadistas de Siria y Libia van a encontrar una nueva fuente de financiación para sus maldades en este avance científico. Podrán vender a la ciencia tantos cuerpos decapitados que ahora se desperdician. No hay mal que por bien no venga.