lunes, 12 de diciembre de 2016

LA EVOLUCIÓN

“En el principio era el caos y las tinieblas cubrían la faz del abismo”. Esa es la tremenda descripción que hace el Génesis del origen del Universo. Es una maravilla la inspiración del autor bíblico, que describe perfectamente lo que la ciencia va encontrando. Abismo de la nada, tinieblas, caos creador del Big Bang. Desde entonces, e impulsado por la fuerza de la Gran Explosión, el Universo no ha dejado de cambiar. Cuando se estabilizaron las grandes masa de materia incandescente de larga vida, como son las estrellas y galaxias, en algunos planetas templados por la radiación de su estrella cercana surgió milagrosamente la vida en el medio acuático, después de un largo camino de combinaciones al azar entre los compuestos químicos del planeta. Eso lo sabemos por el nuestro, pero es fácil imaginar que no se trata de un caso único entre los miles de millones de planetas semejantes, que giran alrededor de estrellas separadas a distancias inalcanzables.

Y la vida en nuestro planeta continúo cambiando y proliferando en mil formas distintas cada vez más complejas, hasta llegar a los primates y dentro de ellos al hombre, dotado de la mayor conciencia del reino animal; tanta que ha comenzado a explorar el Universo con su pensamiento y hasta quisiera trascenderlo y ver más allá de la Gran Explosión creadora. Vivimos en medio de un Misterio que todas las religiones a lo largo de la historia han tratado de iluminar con la misma inspiración que el autor del Génesis. La evolución ha dejado ya de ser biológica para ser cultural y espiritual, y a uno le gustaría asomarse al mundo después de haber transcurrido un millón de años más de evolución, y ver si el Misterio se ha desvelado y el Hombre vive ya en el Paraíso. Eso al menos lo han imaginado personas como Teilhard de Chardin, que dedicó su apasionada vida a unificar ciencia y religión en una sola visión coherente que hoy, pasadas algunas décadas, vuelve a querer iluminar de sentido el futuro.

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